Capitulo 5 Cenizas quedan

UN CUERPO DE MEMORIAS VIVAS | Capítulo 5

Cenizas quedan

Ficción, migración, y oficio de escritora, con Brenda Navarro

*Este texto literario está inspirado en la charla Cenizas quedan/ Lo que se calla en las familias y los vestigios de la migración. Hizo parte de la 19ª Fiesta del Libro y la Cultura. El evento se realizó el martes 16 de septiembre de 2025, a las 7:00 pm, en el Auditorio Explora en Medellín. Conversaron las escritoras Brenda Navarro (Mx) y Lina María Parra (Col). 

Capítulo 4 de 10 del texto Un cuerpo de memorias vivas. Memorias de la 19.ª Fiesta del Libro y la Cultura de Medellín.

a literatura de Brenda Navarro se ha descrito como “directa y filosa” y, al mismo tiempo, poseedora de una “liviandad narrativa” que arrastra al lector hasta el final de cada historia. A través de novelas como Casas vacías (2018) y Ceniza en la boca (2022), su obra se adentra sin concesiones en las complejidades de la condición humana, explorando las fracturas familiares, el duelo y la violencia. 

En un panorama literario que a menudo exige narrar desde la experiencia personal, Navarro se erige como una férrea defensora de la imaginación. Su postura es crítica frente a lo que llama la “academia gringa” y su énfasis en la autoficción, una tendencia que, en su opinión, limita el potencial del arte al juzgar al escritor por la autenticidad de su vivencia en lugar de por su oficio. La literatura, insiste, es uno de los últimos espacios de verdadera libertad de expresión donde “no se me puede juzgar”. Es precisamente este estado de desplazamiento y reinvención, alimentado por su propia experiencia como migrante, el motor de su proyecto literario. La migración no solo le da la distancia para observar las fricciones culturales, sino que le otorga la libertad para “mentir mejor” y construir ficciones que revelan verosimilitudes profundas. Hay una triada que permite el mapeo de la obra de Navarro: el duelo como un proceso físico y cultural, la migración como una experiencia de precariedad y reinvención, y la identidad femenina como un espacio de rabia y complejidad. 

El punto de partida de Ceniza en la boca es una noticia real que impactó a la autora: un joven que se suicidó en Madrid. Sin embargo, a Navarro no le interesa el acto en sí, sino sus réplicas. Su curiosidad literaria se enfoca en explorar “qué cosas rotas quedan alrededor” después de una tragedia. La novela desarrolla metáforas acerca de  cómo procesamos el dolor. El acto de la protagonista de comerse las cenizas de su hermano simboliza la necesidad de internalizar la pérdida para poder sanar. 

Para Navarro, solo cuando nos atrevemos a comernos el duelo, cuando digerimos el dolor, comienza el verdadero proceso de sanación. Sin embargo, lo que nació como una invención literaria reveló una verdad oculta: tras la publicación de la novela, numerosas lectoras en España se le acercaron para confesarle: yo también me he comido a mi hermano o a mi madre. La ficción se convirtió así en el espejo de una práctica cultural silenciada, demostrando el poder de la literatura para nombrar lo inconfesable. Este enfoque íntimo contrasta con las diferentes maneras en que las culturas gestionan la muerte, algo que Navarro observa con agudeza desde su posición de migrante. 

En la cultura mexicana existe una convivencia con la muerte que se manifiesta en rituales como el pan de muerto, que simbólicamente “tiene huesitos”; en contraposición, la cultura española tiende a tratar el duelo de una manera distante, buscando superar el dolor con una actitud de “bueno, murió, qué triste, sigamos”. La primera es una relación fértil, la segunda una aséptica. La risa es posible en el duelo fúnebre mexicano; no así en el Europeo. Este duelo tan profundo no ocurre en un vacío, sino en el complejo y a menudo hostil escenario de la migración en Europa. 

La migración es un pilar fundamental en la carrera de Navarro. Mudarse a España y encontrarse sin una red de apoyo, en una “zona de no confort”, fue un catalizador creativo. Lejos de la mirada de quienes la conocían, se sintió libre para “reinventarse y mentir mejor”, dos habilidades esenciales para construir ficción. Desde esta perspectiva, el desplazamiento geográfico es una oportunidad para redefinir la propia identidad y ejercer la libertad artística. Esta experiencia le permite también ofrecer una visión crítica del “sueño europeo”, despojándolo de su idealización. La narradora de Ceniza en la boca lo resume con una crudeza contundente: “Europa me parece aburrida y vieja y sola. Tantos europeos juntos, viajando, comprando, diciéndonos qué hacer y cómo hacerlo. Y todos viejos del alma y del cuerpo y solos, bien solos”. 

Uno de los aspectos más importantes que la autora aborda es la invisibilidad y el trabajo precarizado que sufren los migrantes, especialmente las mujeres latinoamericanas.  A Navarro le molestaba ver a mujeres de su mismo color de piel, uniformadas y subyugadas, siendo dominadas ya por niños rubios de tres años, mientras ella, por sus circunstancias, gozaba de una posición privilegiada. 

La frase “como si no estuviera yo ahí” refleja la experiencia de anulación que viven muchos trabajadores migrantes. Es la orden de existir sin ocupar espacio, de servir sin ser visto, una forma de violencia simbólica cotidiana. Consciente de su posición, Navarro sintió la responsabilidad de usar el “micrófono” que le habían dado para dialogar con el público español y exponer estas injusticias que a menudo permanecen ocultas a plena vista. Así, la experiencia social y económica de la migración se convierte en el crisol donde se forja y se cuestiona la identidad de sus personajes femeninos, revelando que, para Navarro, el género nunca existe en un vacío, sino en una encrucijada de clase, raza y geografía. 

Brenda Navarro reflexiona sobre la etiqueta de “escritora mujer” con una postura flexible y estratégica. A veces, frente a una interpelación masculina, se define como “escritora feminista” en un claro acto de confrontación. Otras veces, prefiere ser simplemente “escritora”, dejando que sean los lectores quienes la definan, pues reconoce que “a veces ni siquiera yo sé quién soy cuando me levanto”. Critica con agudeza a ciertos escritores hombres que, justo cuando las mujeres han ganado un espacio para contar sus “tragedias”, sugieren que ya es momento de cambiar de tema y “hablar de humor”. Para Navarro, esto no es más que un intento de desviar la atención de narrativas que los incomodan, después de siglos en los que sus propias tragedias dominaron el canon. En su obra, la rabia no es una emoción que deba ocultarse, sino una respuesta legítima y poderosa a la injusticia. Este diálogo clave de Ceniza en la boca lo ilustra a la perfección: Mamá: “¿Por qué siempre tienes rabia?”. Hija: “¿Tú por qué no la tienes?”.  

Crear a sus personajes femeninos implica alejarlos de cualquier idealización. Su proceso es un acto de distanciamiento: si al escribir piensa “mmm, yo haría esto”, obliga a su personaje a que “haga otra cosa”. Este ejercicio le permite construir figuras complejas y verosímiles, incluso si eso significa que al lector (o a ella misma) le puedan “caer mal”. Su objetivo final es la complejidad, no la complacencia. Lo que desea es que esos personajes “parezcan humanos”, aunque sepa perfectamente que no existen. El origen de su método es una lección de humildad y oficio. Después de escribir el primer borrador de su novela Casas vacías, su amigo, el escritor Yuri Herrera, le dio una nota crítica: las dos voces protagónicas se parecían demasiado. Esta retroalimentación la empujó a desarrollar una técnica  para forzar una distancia entre ella y sus creaciones. Este es su proceso, desglosado para que cualquier escritor pueda aplicarlo: 

  1. Pregúntate a ti mismo. Ante una situación crucial en la historia, haz una pausa y reflexiona: “¿Qué haría yo, como autor/a, en este caso?”. Sé completamente honesto con tu respuesta instintiva. 
  2. Elige el camino opuesto. Una vez que tengas tu respuesta, obliga a tu personaje a hacer algo diferente, incluso lo contrario. 
  3. Busca la complejidad: El propósito de esta técnica es romper el vínculo entre el autor y el personaje. Al tomar decisiones que el autor no tomaría, el personaje adquiere una vida propia, con sus contradicciones, impulsos y lógica interna. Esto lo hace más real, más impredecible e infinitamente más interesante, incluso si termina siendo un personaje que al propio autor “le caiga mal”. 


Para Navarro, el máximo nivel de este oficio lo representa la escritora Agota 
Kristof, una maestra en mentirle al lector a través de giros argumentales que subvierten por completo lo que se creía saber, demostrando el poder de una construcción narrativa deliberada y sorpresiva. Crear personajes tan complejos puede parecer un proceso tortuoso, sin embargo la autora desmonta también el mito del sufrimiento como requisito indispensable para escribir.
 

El duelo, la migración y la identidad femenina no son solo temas en la obra de Brenda Navarro, son consecuencia directa de un proyecto literario que nace del desplazamiento. Su experiencia como migrante le otorga la distancia y la libertad creativa para explorar las verdades más incómodas de nuestras sociedades. Es desde esa posición de estar y no estar que puede analizar las diferentes formas de procesar el dolor, denunciar la precariedad de quienes viven en los márgenes y validar la rabia femenina como un motor de cambio. 

En última instancia, reafirma el poder de la literatura como un acto de imaginación radical. Para ella, la ficción no es un escape de la realidad, sino la herramienta más potente que tenemos para dialogar con ella, para cuestionarla y para entenderla. Su obra es una invitación a abandonar nuestro propio mundo por un momento, no para evadirnos, sino para mirar desde perspectivas nuevas y más profundas, forjadas en la encrucijada entre la memoria y la invención. 

Juan David Jaramillo Londoño