*Este texto, literario, está inspirado en la charla Raíces en movimiento/ El exilio como origen poético y el cuerpo como archivo. Hizo parte de la 19ª Fiesta del Libro y la Cultura. El evento se realizó el sábado 20 de septiembre de 2025, a las 5:00 pm, en el Auditorio del Planetario de Medellín. Conversaron los escritores Kim Thúy (Vn/Ca) y Lucas Vargas (Col).
Capítulo 10 de 10 del texto Un cuerpo de memorias vivas. Memorias de la 19.ª Fiesta del Libro y la Cultura de Medellín.
Kim toma el micrófono y dice que en Colombia hay una fruta cuya cáscara es dura pero quebradiza: un escudo que protege una pulpa dulce y llena de vida. ¿Podría ser el rambután, quizás el mangostino? “Es la granadilla”, dice. Hace una pausa. ¿Una metáfora sobre la guerra? Narra de manera pausada para que todos vean en sus cabezas, imaginen, como si fuese la primera vez que la vieran. Y agrega que, para llegar al dulzor de su entraña, la cáscara —la cáscara–, debe romperse. El auditorio queda en silencio, ahora ella tiene toda la atención.
La vida de Kim Thúy comenzó dentro de una fruta de posguerra llamada Vietnam, un lugar y una época donde las emociones se guardaban bajo llave. En su cultura, la fortaleza se medía por la capacidad de no revelar nada. Si alguien sabía qué te hacía feliz, podía quitártelo. Si sabía qué te dolía, podía usarlo para herirte más profundamente. La guerra y el régimen que le siguió reforzaron esos muros hasta convertirlos en una forma de ser. Ella y su familia vivían en un silencio profundo, no por falta de cosas que decir, sino porque nombrar lo que sentían era un peligro. Pero los golpes del mundo, como los que quiebran la cáscara de una fruta, estaban a punto de romper su vida para revelar todo lo que llevaba dentro.
Huir de Vietnam no fue una elección, fue la única puerta de salida en una casa que se había convertido en una cárcel. La atmósfera después de la guerra era de miedo y control absoluto, un ahogo lento y constante. Tras el cambio de régimen, la vida cotidiana se detuvo. Pertenecían al bando perdedor del Sur, y la persecución era la nueva normalidad. La falta de libertad era tan concreta que, siendo niña, no podía visitar a su prima, que vivía a solo cinco calles, sin un permiso de la estación de policía y otro suyo. Cada ciudadano estaba preso en su propia casa. El control externo reforzó el silencio interno que ya los definía. Les enseñaron desde pequeños que una persona fuerte no mostraba sus emociones.
Con la llegada del nuevo gobierno y los soldados viviendo en sus casas, las de su familia y allegados, ese silencio se volvió una estrategia de supervivencia. Cortaron sus emociones para poder seguir adelante. La única forma de escapar era lanzarse al mar. No había aviones, nada entraba ni salía del país. Se convirtieron en parte de ese millón de almas, nombradas como los “boat people”, zarpando en embarcaciones precarias sin un destino claro, dejando atrás todo lo conocido con la única esperanza de encontrar un futuro que no fuera una jaula. Perdieron su hogar, su tierra y sus certezas navegando en un mar de silencio hacia una promesa incierta, hacia una tierra donde tendrían que aprender a hablar desde cero. Una nueva tierra, un nuevo nombre.
Llegar a Canadá fue como nacer de nuevo en un mundo de sonidos y sensaciones desconocidas. Aterrizó en Quebec, un lugar donde no solo el paisaje era distinto, sino también el idioma que lo nombraba. Su primer encuentro con esa nueva realidad fue en la escuela, un lugar que le enseñó la primera y más fundamental lección sobre el poder de las palabras: en su primer día de clase la profesora se acercó, dijo algo que le sonó como “mi nombre es…” y luego una palabra que no entiende. Sin saber qué más hacer, la imitó al calco: “Mi nombre es Margaret”. La profesora sonrió y pasó a la siguiente niña. Al final del día, ella y las ocho pequeñas vietnamitas de la clase se llamában Margaret. Cuando llegó a casa, su padre, que ya hablaba francés, le preguntó qué había aprendido. “Mi nombre es Margaret”, le dijo orgullosa. “¿Cambiaste tu nombre?”, le preguntó confundido. Ella no tenía ni idea de lo que había hecho. Al principio, sus padres pensaron que era una costumbre local, ya que en el Vietnam colonial francés era común que los profesores dieran nombres franceses a sus alumnos. La verdadera dimensión de su desconcierto no apareció hasta que sus dos hermanos llegaron a casa y anunciaron alegremente: “Mi nombre es Margaret”. Fue entonces cuando sus padres entendieron que estaban completamente perdidos, imitando sonidos sin comprender su significado. El peso y la maravilla de una sola palabra. Ese día, la palabra “Margaret” le abrió los ojos. Comprendió que las palabras no eran solo ruidos, eran etiquetas, identidades, herramientas para existir en ese nuevo mundo. A partir de ese momento, cada palabra que aprendió no era un simple ejercicio de memoria. Era una llave que abría una puerta a la cultura, a la gente y a las reglas de un juego en el que necesitaba participar para sobrevivir y, con el tiempo, para pertenecer. Aprender a nombrar las cosas que le rodeaban fue el primer paso, pero pronto descubriría que las palabras más importantes eran las que le permitirían nombrar lo que había dentro de ella. Las palabras que le devolvieron el sentir.
En francés descubre una palabra para nombrar la sensación de comer muchísimo, hasta llenarse por completo, y sentirse al mismo tiempo feliz y culpable: Jouissance. Es una emoción compleja, una contradicción deliciosa. Cuando intenta buscar un equivalente en inglés, no lo encuentra. En la cultura anglosajona de Canadá, comer demasiado solo produce culpa. El placer feliz no forma parte de la ecuación. Es, dice, quizás la palabra más importante que el francés le ha dado. No es placer, no es euforia, no es orgasmo. Es algo intermedio: un gozo profundo, redondo, completo.
Era una emoción para la cual no tenía un nombre, y como no tenía la palabra, no podía identificarla. El lenguaje le dio permiso para sentirla. “Jouissance Es una palabra que, si no la tienes, te invito a buscarla, porque nombrar un sentimiento es el primer paso para poder sentirlo”, dice con dulzura. Luego agrega con prontitud que el inglés le regaló una imagen poderosísima que el francés no tiene: stirred. Alguien, después de leer su primer libro, le dijo: “my soul was stirred”. La palabra stirred es la que se usa para un Martini, no agitado (shaken), sino revuelto con una cuchara, con un movimiento circular. Imaginar su alma siendo revuelta de esa manera, movida gentil pero profundamente, le dio una metáfora perfecta para una conmoción interior que ninguna otra palabra había logrado capturar. Ese viaje a través de otros idiomas la hizo mirar su propia lengua, el vietnamita, con nuevos ojos. Descubrió que, en el tema del amor, su idioma materno era increíblemente preciso. “No usamos una sola palabra, sino que tenemos verbos distintos para describir el amor que se siente por la comida, ese que nutre; el amor por un hermano, que implica lazos y deber; y otro completamente diferente para una pareja de muchos años, un amor que contiene la fortaleza, la tolerancia y el trabajo del tiempo. Y luego, para ese sentimiento tan precioso y arrollador de enamorarse, tenemos una palabra única y sin ambigüedades: Yêu. Esta distinción me hizo reflexionar. El sentimiento de enamorarse, Yêu, es tan valioso y ocurre tan pocas veces en la vida. ¿Cómo es posible que en otros idiomas no exista una palabra única y exclusiva para esa emoción?”. Ahora las palabras son más que solo palabras para ella. Las palabras le han dado acceso a sí misma. Descubrir que las palabras podían nombrar y, por tanto, validar su sentimientos más íntimos, le enseñó que la belleza que contenían no solo servía para entenderse a sí misma, sino para conectar con los demás y para resistir el horror del mundo: la belleza como su única arma.
Años después, contándole la anécdota a una periodista belga, no encontraba la palabra en francés para “cuerda” en ese contexto. Ella sugirió: “Ah, como un rosario”. Esa palabra lo cambió todo. ¡Un rosario de orejas! La palabra “rosario” contenía esperanza, oración. Si rezabas, era porque aún creías en algo. Si hubiera tenido esa palabra en su momento, podría haber contado la historia no desde el horror puro, sino desde un lugar de humanidad rota que aún busca la redención.
En otra ocasión, Kim estaba muy enfadada con una persona. Tenía en sus manos el poder de hacer que perdiera su trabajo, y la rabia la consumía. Estaba a punto de actuar, y se detuvo. “Me di cinco minutos. Al terminar ese tiempo, en lugar de hacer una llamada destructiva, fui a la mejor floristería de la ciudad. Quiero el ramo más hermoso y caro que tenga, dije. Le envié un ramo de 400 dólares a esa persona, con mi nombre, sin ninguna nota. Mi razonamiento fue este: lo que yo quería de ella era elegancia en su trato hacia mí. No podía responder a su falta de elegancia con rabia; tenía que darle yo lo que esperaba recibir”. La postura de una esteta frente al mundo. Contó que estaba segura de que nunca olvidaría su nombre, de que lo guardaría en una lista negra para siempre. Pero que después de enviar las flores, la olvidó. Hoy no recuerda su nombre ni su rostro y dice que la belleza la curó. “La belleza no es una forma de evadir la realidad, es la herramienta más poderosa que tenemos para enfrentarla y transformarla”.
La vida de Kim Thúy ha sido un viaje desde la cáscara dura de un silencio forzado hasta la dulzura de un universo de palabras en varios idiomas. Cada lengua le ha regalado una nueva forma de sentir y de entender. Ha dejado claro que cuando hablamos de horror conectamos a un nivel intelectual a menudo distante. Pero que cuando hablamos de belleza (el sabor de una fruta, el tacto de la piel, la luz en un rostro), conectamos desde un lugar más profundo, un lugar que no necesita entender, solo sentir: “si queremos resistir la oscuridad que a veces nos rodea, si queremos rebelarnos contra el odio y el miedo, nuestra mejor arma es la belleza. Pelear con belleza significa poner un microscopio sobre las pequeñas cosas que nos salvan: una palabra amable, un gesto generoso, el color de una fruta exótica. Busca esas pequeñas cosas hermosas. Campártelas. Úsalas para construir puentes. Esa es la mejor forma de luchar por un mundo mejor”.
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