Carta a Giuseppe Caputo: Un mundo huérfano

Por admin en Julio 12, 2019 , No hay comentarios

Mi querido Giuseppe,

 Mientras te escribo esta carta estoy mirando al cielo desde el balcón de mi casa. Hace tiempo que la polución en Medellín no deja ver las estrellas como antes, sin embargo, en noches de verano como la de hoy, unas cuantas luces logran atravesar la contaminación y sobresalir en la oscuridad. Esas pequeñas sobrevivientes me recuerdan que todos: vos, yo, las personas que tenemos más cerca, las que más amamos y las que más nos aman, somos un montón de soledades que, como ellas, a veces pareciera que se pueden tocar, pero casi nunca llegan siquiera a rozarse.

Cuando leí tu novela Un mundo huérfano me quedé pensando mucho en lo abandonados que estaban los personajes: la indescifrable Ramón-Ramona detrás de la barra de su bar; la incondicional Olguita refugiada en la ficción de Jesucristo; la carismática Luna oculta tras el furor de la fiesta; Los Tres Peluquines: Alirio, Simón y Garbanzos, siempre juntos descontándole días a su existencia; y especialmente el padre y el hijo, que a pesar de la cálida manera en que se acompañan, la protección que se dan uno al otro, el profundo amor que los une, hay una insalvable distancia entre ellos que me recuerda que la única certeza que tenemos somos nosotros mismos.

Acabo de darme cuenta de que esos dos justamente, padre e hijo, son los únicos en el relato que no tienen un nombre. ¿Por qué no les pusiste uno? ¿Quiénes son ellos para vos? ¿Quiénes querías que fueran para los que te leímos? Ahora que lo pienso, quizás esa es una de las razones por las que se quedaron tan arraigados en mí, porque ese hijo podría ser yo, y ese padre podría ser mi madre; porque ellos no son nadie y al mismo tiempo podrían ser cualquiera.

 Tengo que decirte que un dejo de tristeza se mantuvo conmigo durante gran parte de la lectura. Me agobió de principio a fin la crueldad en la que fueron asesinados tantos cuerpos simplemente por atreverse a ser diferentes, la penumbra constante de las calles a las que parece que jamás les va a llegar el alumbrado, la miseria repartida entre ese montón de hombres y mujeres desesperanzados, las noches de carencia donde solo el mar entrega algunas baratijas con generosidad. Yo sé… Yo sé… Después de esto que te escribo seguro doy la impresión de que padecí la novela más de lo que la disfruté. No es así. Sin importar lo duras que llegaron a ser ciertas escenas, el cuidado con el que usas cada palabra y la poesía presente en todas tus frases hacen que aun en esos instantes tan violentos prevalezca la belleza por encima de lo demás.

Dentro de ese universo de orfandad, hubo fragmentos que me enamoraron por darme un respiro en medio de tanta desolación. Tengo una memoria terrible pero estoy segura de que, por ejemplo, ese episodio en el que el hijo recuerda cómo el padre le narró su nacimiento, no lo voy a olvidar en la vida. En mi cabeza rondarán eternamente árboles alados con garras en sus raíces y plumas negras, tortugas acorazadas de hojas, hombres cometa que al cruzar el firmamento dejan huellas de gas y polvo, reptovacas subterráneas que pueden verse sutilmente cuando salen de la tierra para no perderse los espectáculos siderales y un ser humano mariposa de brillantes ojos negros que sueño que me regaló esta historia que bailará por siempre en mi corazón.

Creo que, como tus personajes, todos andamos en la búsqueda de algo, y como me gustan los finales felices, quiero pensar que en ese futuro propio e imaginario que construí para ellos: Olguita, Ramón-Ramona, Los Tres Peluquines, Luna, Papi y su hijo, lo encontraron en algún momento. Antes de despedirme quiero que sepas que yo también hallé uno de los algo que busco en Un mundo huérfano, es un algo que le da consuelo a uno de mis dolores secretos, como una estrella de cartón colgada de mi cuello que me recuerda que la luz está ahí, aunque no haya un destello aparente. Gracias por eso.

Yesica Prado.

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