Capítulo 8 Sólo un poco aquí, allá, y más allá

UN CUERPO DE MEMORIAS VIVAS | Capítulo 8

Solo un poco aquí, allá, y más allá

Otras vidas que nos atraviesan

*Este texto, literario, está inspirado en la charla Habitantes de paso/ Un acercamiento poético y político a otras vidas que nos atraviesan: tangaras, perras, cucarrones y puercoespines. Hizo parte de la 19ª Fiesta del Libro y la Cultura. El evento se realizó el jueves 18 de septiembre de 2025, a las 5:00 pm, en el Teatro Explora de Medellín. Conversaron las escritoras María Ospina Pizano (Col) y Paula Camila O. Lema. (Col). 

Capítulo 8 de 10 del texto Un cuerpo de memorias vivas. Memorias de la 19.ª Fiesta del Libro y la Cultura de Medellín.

Mientras la escritora María Ospina Pizano vuela desde Estados Unidos hacia Colombia, 600 millones de aves realizan un viaje similar tejiendo una red invisible de vida a través del hemisferio. El mundo se mueve, respira y narra en una escala que trasciende lo humano. En un momento de crisis ecológica y social, se debe reconsiderar cómo los medios de comunicación, la literatura y las artes representan a estos seres no humanos. 

Las narrativas, a menudo centradas en la catástrofe o en una visión científica, no siempre logran resonar en un público amplio ni inspirar un sentido de responsabilidad. Se necesitan enfoques que aborden la  interconexión entre las vidas humanas y no humanas, reconociendo que están entrelazadas. 

El libro Solo un poco aquí, lejos de ofrecer un manual de instrucciones, muestra cómo la literatura puede ser una fuente de inspiración para construir relatos que honren la complejidad, fomenten la curiosidad y nos inviten a repensar nuestro lugar en un mundo compartido. 

Utilizar la migración como eje narrativo permite humanizar temas ecológicos complejos al vincularlos con una experiencia universal de tránsito, desplazamiento y búsqueda de hogar: se disuelven las fronteras artificiales entre la experiencia humana y la no humana, generando empatía.  

El viaje de la tángara escarlata, por ejemplo, que vuela desde Norteamérica hasta la Región Andina, funciona como eje narrativo y permite observar el mundo desde una perspectiva no antropocéntrica. Desde su altura, el ave es retratada como una de las “huéspedes del cielo donde no hay guarida, que ignoran las fronteras infames que inventa la gente”, y se enfoca en los flujos naturales que conectan el hemisferio. La tángara, en el relato de Ospina, sobrevuela un centro de detención de menores migrantes en Homestead, Florida. Mientras continúa su viaje ancestral, ajena a las divisiones políticas, los niños migrantes ven su propio trayecto violentamente interrumpido. La escena subraya la arbitrariedad de las fronteras humanas y la violencia que estas generan, en agudo contraste con el flujo natural y libre del animal. La propia experiencia de María Ospina como migrante, en un constante “ir y venir entre el Norte y el Sur del continente”, refuerza la  temática. Su testimonio es faceta de una misma realidad de movimiento y pertenencia.  

La estrategia más sofisticada no es solo reflejar el drama humano del desplazamiento, es también adoptar la perspectiva del ave para redefinir el movimiento. El viaje de la tángara ”no es éxodo, sino celebración de la perpetuidad de la mudanza”. Este matiz es crucial: eleva la narrativa de una historia de carencia a una celebración de la resiliencia y del movimiento como una fuerza vital. No solo importa qué se cuenta, sino cómo se narra éticamente la vida de otros seres. 

El  tono narrativo basado en la humildad y la especulación es una estrategia clave para despertar interés en el libro. Este enfoque se distancia conscientemente de una voz autoritaria y “experta” que, con su aparente certeza, puede alienar al público. En su lugar, invita a una exploración conjunta del misterio del mundo no humano, posicionando a la institución no como dueña de la verdad, sino como una compañera de viaje en el descubrimiento. 

La autora rechaza explícitamente el modelo de empatía basado en “ponerse en el zapato del otro”, considerándolo un “paso violento” y una “movida casi imperialista”. En lugar de pretender ocupar la subjetividad del animal, propone un acto de acompañamiento. Su método, como ella lo describe, fue ”más pedirle un aventón al ave”, narrando desde esa proximidad respetuosa sin la arrogancia de creer que podemos conocer o traducir por completo su experiencia. 

La novela está intencionadamente construida sobre un lenguaje especulativo, que reconoce los límites de nuestro conocimiento acerca de cualquier cosa. Este recurso, lejos de debilitar la narración, la fortalece al dotarla de honestidad: está sostenida sobre adverbios de posibilidad, como “quizás” y “tal vez”; locuciones adverbiales como “a lo mejor” o “de pronto”; expresiones de posibilidad como “es posible”; o preguntas retóricas como “quién sabe”. Recursos que traen a colación la incertidumbre y, en simultáneo, estimulan la capacidad de asombro.  

Ospina afirma que su objetivo no es “dar mensajes”, sino “hacer preguntas y dejarlas abiertas”. En lugar de entregar conclusiones cerradas, se fomenta una relación más activa y reflexiva con los lectores. La institución se convierte en una facilitadora de la curiosidad, un espacio que invita a maravillarse con lo desconocido y a plantear nuevas preguntas sobre el mundo que compartimos. 

Este enfoque respetuoso hacia la “soberanía del animal no humano” ofrece una solución al dilema de cómo comunicar la ciencia. Mientras un biólogo puede poner un GPS en un ave, Ospina señala que ”la información que emerge de allí es otra… No se celebra, no es poética, no se puede narrar así”. La estrategia, por tanto, no es reemplazar el dato científico, sino envolverlo en la celebración, la poesía y el misterio que solo la narrativa puede ofrecer. Esta humildad abre la puerta a la integración de otras formas de conocimiento. 

Al reconocer que la visión científica occidental es, en palabras de Ospina, “provinciana” y no la única forma válida de entender el mundo, las instituciones pueden crear narrativas más inclusivas y potentes. La integración de saberes ancestrales, rurales y poéticos enriquece el contenido y valida formas de conocimiento que han sido históricamente marginadas, construyendo un relato más amplio. Ospina habla de saberes ancestrales en los que está involucrada la hermenéutica de otra lengua y, con ella, otra idea del tiempo y del espacio. Pone de ejemplo términos en lengua Muisca, aquí traducidos como ”llegar yendo” y que desatan paradojas interpretativas. Explica que recuperó estos conceptos de diccionarios del siglo XVI compilados por sacerdotes para fines de evangelización. Este detalle metodológico subraya la resiliencia de estos saberes, que sobreviven incluso dentro de los instrumentos de supresión colonial. Junto a la poesía de, por ejemplo, Nezahualcóyotl, ofrecen una visión del mundo donde el tránsito y la impermanencia son condiciones. 

Con igual entusiasmo habla del saber rural y popular, pasando por el saber poético y afectivo. Examina la mención de creencias campesinas, como la conexión mística que se establece entre una persona y un puercoespín que la ha herido, o la relación del tucán con el “agua encantada”. Integrar estas historias es una forma de validar conocimientos locales que a menudo son descartados por la ciencia formal, reconociendo que las comunidades que conviven directamente con la fauna poseen sabidurías valiosas. Se describe cómo los nombres populares de las aves en español (“Barbudito de páramo”, “Esmeraldita”) son presentados como un “catálogo poético” en sí mismos. Este reconocimiento del lenguaje cotidiano es una herramienta para cultivar la ternura, el asombro y conexión emocionales, demostrando que la poesía ya existe en la forma en que nombramos al mundo. La combinación de estos saberes construye un relato “interespecies” que es más completo, un relato que reconoce que la comprensión del mundo natural es una labor polifónica. Estas estrategias, analizadas en conjunto, se consolidan en una serie de principios aplicables que pueden guiar una nueva forma de comunicar. 

Queda claro que no se trata de abandonar la ciencia, sino de enriquecerla con capas de significado ético, poético y cultural. Definir principios como “enmarcar los relatos de la vida no humana dentro de experiencias universales compartidas, como la migración, el hogar y el tránsito. En la práctica, esto implica buscar puntos de resonancia entre las historias de los animales  no humanos y los humanos. En lugar de presentar el viaje de un ave como un dato de distancia, se puede narrar como una odisea épica de resiliencia que evoca nuestras propias luchas y desplazamientos. También serviría adoptar un lenguaje de curiosidad, pregunta y especulación en lugar de certeza absoluta. Esto se traduce en formular comunicaciones que inviten al público a maravillarse y a hacerse preguntas junto a la institución. Frases como “¿qué sentirá un ave al ver las luces de la ciudad por primera vez?” o “quizás para un insecto, nuestro mundo se percibe así…” pueden reemplazar afirmaciones categóricas, fomentando un diálogo con el misterio de otras vidas; o “tejer activamente el conocimiento científico con saberes poéticos, ancestrales y locales.  

A nivel práctico, esto se puede lograr incorporando nombres vernáculos de las especies junto a los científicos, compartiendo relatos de comunidades locales sobre su relación con el ecosistema, o utilizando perspectivas artísticas y poéticas para interpretar datos biológicos. El resultado es una comprensión más holística, inclusiva y culturalmente relevante. En la era del Antropoceno, contar historias más humildes, conectadas y polifónicas no es un ejercicio estético; es la herramienta de supervivencia más poderosa que poseemos para forjar una cultura de cuidado planetario. 

Juan David Jaramillo Londoño