Capítulo 4 La patria del estilo

UN CUERPO DE MEMORIAS VIVAS | Capítulo 4

La patria del estilo

Extranjería e identidad en la poética de Fabio Morábito

*Este texto literario está inspirado en la charla El porvenir escrito en voz baja/ Las poéticas de lo leve y lo hondo y sus reverberaciones en el mañana. Hizo parte de la 19ª Fiesta del Libro y la Cultura. El evento se realizó el domingo 14 de septiembre de 2025, a las 5:00 pm, en el Auditorio Explora en Medellín. Conversaron Fabio Morábito (Mx), poeta y narrador, y Lucía Estrada (Col), poeta.

Capítulo 4 de 10 del texto Un cuerpo de memorias vivas. Memorias de la 19.ª Fiesta del Libro y la Cultura de Medellín.

En el pensamiento de Fabio Morábito la extranjería trasciende la anécdota biográfica para convertirse en una condición existencial y estética, inherente a la labor de todo escritor. Lejos de ser un obstáculo, esta distancia con el idioma es el punto de partida desde el cual se construye la literatura. 

Para un escritor la extranjería es un hecho, es una premisa para cualquier escritor() escribir literatura() siempre es utilizar una lengua extranjera. Con esta declaración, Morábito universaliza su propia experiencia, sugiriendo que el acto de escribir implica necesariamente un extrañamiento del idioma cotidiano. La lengua literaria, por su naturaleza, es siempre un territorio ajeno que debe ser conquistado, tanto por quien la mamó desde la cuna como por quien la adoptó más tarde. 

Morábito argumenta que escribir en una lengua aprendida puede constituir una ventaja. La clave reside en su concepción del lenguaje poético como “esencialmente artificioso” y ”totalmente inventado”. Si la poesía es un artificio que se distancia del habla común, el escritor no nativo, que ha experimentado esa distancia de forma tangible durante su aprendizaje, vive esta condición de “un modo más natural”. La lejanía no es una barrera que deba superar, sino su estado nativo, una sensibilidad para percibir la lengua no como un vehículo transparente, sino como una materia densa y maleable. 

Esta filosofía se conecta con su disciplina personal, una idea que él mismo refrenda al reflexionar sobre una de sus declaraciones previas, leída por la poeta Lucía Estrada: “puesto que escribo en una lengua que aprendí, tengo que despertar cuando los otros duermen”. Morábito interpreta esta frase como la confesión de sentirse un “intruso” en el idioma, un centinela que vela “el sueño ajeno”. Esta posición legitima su trabajo: se gana el derecho a usar la lengua en las horas en que sus hablantes nativos descansan. A partir de estas supersticiones íntimas, articula la construcción de una “poética de la clandestinidad”, un marco que transforma la condición de intruso en una fortaleza estética. 

Al establecer la extranjería como una condición universal del escritor, Morábito obliga a deconstruir las nociones tradicionales de identidad, preparando el terreno para interpelar el concepto de raízDesde su perspectiva, las identidades fijas, ya sean nacionales o culturales, son construcciones limitantes. Propone, en cambio, una identidad dinámica, en perpetua formación, que se busca tanto en el cielo como en la tierra. Explicita que la palabra raíz, a la que considera un instrumento de terrorismo cultural es una noción peligrosa, utilizada por “fanatismos” y “fundamentalismos” para fijar falsas identidades, trazar fronteras y excluir a quienes no comparten un origen común. Su rechazo no es meramente semántico, es una crítica a la idea de que la identidad es algo dado, heredado e inmutable, en lugar de un proyecto constante. 

Lucía Estrada lee el poema “A cada cual su cielo, de Morábito. La metáfora del árbol refuta la primacía del origen al equiparar la función de las ramas con la de las raíces. Morábito explica que las ramas “se comportan exactamente como se comportan las raíces bajo tierra… escarban igual”. Esta imagen subvierte la jerarquía tradicional. Si las ramas también “escarban” buscando su lugar en el aire, entonces la identidad no se define únicamente por lo que yace oculto bajo tierra (el pasado, el origen), sino también por la búsqueda visible y expansiva hacia lo nuevo. La vida, y por extensión la identidad, es “escarbar”, un movimiento activo y dual. 

Esta crítica a las identidades fijas se extiende lógicamente al ámbito literario. Morábito se muestra escéptico ante la posibilidad de definir con claridad las “literaturas nacionales” en un mundo globalizado. Argumenta que los escritores contemporáneos son, ante todo, ”lectores de todas las latitudes” y que la mayor parte de su dieta literaria consiste en traducciones. Esta permeabilidad cultural provoca que las etiquetas nacionales se vuelvan, en sus propias palabras, “brumosas” e insuficientes para describir una obra que se nutre de influencias planetarias. Esta demolición de las identidades geográficas y lingüísticas no deja un vacío, sino que obliga a reubicar la soberanía del escritor en el único territorio que él mismo construye: el estilo. 

Para Morábito, el “estilo” es la respuesta al problema de la identidad del escritor. En su poética, este concepto trasciende lo técnico o la ornamentación para convertirse en el único territorio auténtico de pertenencia, una patria personal e intransferible construida palabra por palabra: redefine los conceptos de patria y lengua materna: “Yo creo que es el estilo. Es decir, cuando uno aprende a expresarse de cierta forma(…)” “(…) es como la lengua de uno, la verdadera lengua materna, un escritor, su estilo”. Esta idea desplaza el ancla de la identidad desde un idioma colectivo (árabe, español, italiano, etc.) hacia una construcción individual. La verdadera lengua materna no es la que se aprende en la infancia, sino la que el escritor forja a través de su trabajo: una sintaxis propia, un léxico recurrente, un ritmo particular. 

El estilo, la extranjería y el artificio forman una trinidad conceptual en su pensamiento. Define el estilo como artificio, una elección consciente y no un legado pasivo. Nadie explica obliga a un escritor a tener ciertas preferencias; es una forma que se elige y se cultiva. Esta naturaleza artificial conecta directamente con su visión del escritor no nativo, quien, al haber aprendido la lengua como un sistema ajeno, desarrolla una sensibilidad estilística más fuerte. La condición de extranjero, por tanto, no es un impedimento, sino un catalizador para la forja de esta patria estilística. Esta patria, sin embargo, no es un territorio estático. Morábito aclara que el estilo no es algo rígido, algo dado de una vez por todas, sino que va evolucionando. Al igual que el árbol de su poema, cuya forma nunca está detenida, la patria estilística es un dominio vivo que se expande y se modifica con cada obra. Esta concepción dinámica se alinea perfectamente con su rechazo a las identidades fijas, proponiendo una pertenencia que es un proceso, no un destino. 

Definida esta soberanía estilística, resulta fundamental comprender cómo se manifiesta en la práctica. El método creativo de Morábito revela su particular manera de observar el mundo y de transformar esa observación en literatura. Su creatividad se fundamenta en una atención minuciosa a las fracturas de la normalidad. Para él, la escritura no es un acto de expresión sentimental directa, sino un ejercicio de rigor formal que busca resolver los “acertijos” que plantea la realidad. Insiste en detectar las anomalías de lo cotidiano y construir a partir de ellas una forma artística perfecta.  

No le interesa “la cotidianidad como tal”, pues no considera que represente un valor estético en sí misma. Su atención se activa cuando en esa superficie rutinaria aparecen “fisuras, esas grietas, esos huecos”. Utiliza el ejemplo de observar las “tres palmeritas al final del edificio” en el que se hospeda en Medellín para ilustrar su proceso. La perspectiva inusual, de mirar hacia arriba, le permite reimaginar el origen de esas palmeras, no como algo plantado, sino como un milagro procreado por el propio edificio: “algo posible puede surgir de lo imposible”. Su trabajo consiste en localizar esas grietas en la lógica del día a día y explorar lo que revelan. 

Así pues, concibe el poema como un “acertijo” o incluso un “teorema”, un problema que demanda una “solución poética”. Su ideal de un poema logrado es aquel “donde no falta nada ni sobra nada”, una descripción que evoca la elegancia de una demostración matemática. Para él, la belleza no reside en el desborde emocional, sino en la creación de una “forma” cerrada, autónoma y con un “hálito de eternidad”. El sentimiento es la guía, pero el objetivo es la construcción de una estructura perfecta y autosuficiente. En su práctica, prefiere “saber muy poco” al iniciar un texto, permitiendo que el proceso de escritura sea un viaje de exploración. Contrasta su método con el de autores como Carlos Fuentes, quien planificaba sus novelas en detalle. Para Morábito, si el escritor no se sorprende en el camino, la escritura se convierte en un “ejercicio casi burocrático”. En ese sentido, la esencia de su labor reside  en el hallazgo: “en ese descubrimiento está todo el chiste de escribir”. Su poética, en suma, es un ejercicio de atención a las anomalías y de rigor formal, una búsqueda constante de las grietas en lo real para, a través de ellas, construir formas que aspiren a la perfección. 

En la visión de Fabio Morábito, el acto de escribir no es la reclamación de un territorio heredado, sino la construcción meticulosa de uno propio. Es una labor de clandestinidad y vigilia, de atención a las fisuras de lo real y de una búsqueda de la forma perfecta. Su obra y su pensamiento nos recuerdan que, para un escritor, la pertenencia no se encuentra en un mapa, sino en la cadencia de su propia voz. 

Juan David Jaramillo Londoño