La mujer que mira los guayacanes

Por admin en Octubre 17, 2019 , No hay comentarios

Esther 2 (1)

Por Luisa Fernanda Orozco Valencia

“El autor: un autor es como un dios capaz de avivar el corazón con los libros y las tierras que hacen con amor. Viajan en el tiempo entre suspiros e imaginación dándole vida a los personajes pues es su labor. Tanto se divierten escribiendo que se olvidan de su vida y del mundo en el que habitan”, consignaba un cartel rosado pegado en la entrada de la Institución Educativa República de Honduras. Esther Fleisacher, escritora y psicoanalista, era el motivo de la decoración.

Enclavada en la Comuna 2 de la zona nororiental de Medellín, la Institución Educativa República de Honduras se levanta con tan solo dos pisos de altura sobre el barrio Santa Cruz. Actualmente, la mayoría de los estudiantes viven en Sinaí, invasión de estrato bajo, donde la desnutrición, el empleo informal, la baja escolaridad y el analfabetismo son algunas de las problemáticas más comunes. Gran parte de las casas han sido construidas en madera y los miembros de la comunidad subsisten gracias a los ingresos que generan con el reciclaje, las ventas ambulantes o en pequeñas industrias.

A las once de la mañana comenzó el recorrido por la Institución que desde hace dos años participa en Adopta a un Autor, una iniciativa promovida por la Secretaría de Cultura Ciudadana, en la que libros de un determinado autor son entregados a los colegios inscritos para, al final, programar una visita. Esther ya había visitado otros dos colegios. “Cada experiencia ha sido diferente”, decía ella. Esta vez, varios ejemplares de La risa del sol, publicada en 2011, fueron entregados para la lectura de los estudiantes.

Mábel Rodríguez, bibliotecóloga del colegio, llegó poco después junto a las profesoras Maribel Ocampo, Diana Carolina Zapata y Beatriz Elena Vélez. Las cuatro mujeres invitaron a Esther a la biblioteca en el segundo piso. Las paredes de las escaleras estaban cubiertas con los retratos que algunos niños hicieron de la autora, adornados a su vez por frases de escritores célebres y proverbios orientales. Del techo del segundo piso colgaban fotografías de los estudiantes, junto a papeles coloridos y de todos los tamaños que contaban momentos de sus vidas y el agradecimiento que sentían con Esther.

“Los niños no podían creer que alguien con el apellido Fleisacher pudiera haber nacido en Colombia, ni mucho menos vivir en Medellín”, explicaba Maribel. “Cuando nosotros les dijimos que usted iba a venir, varios de ellos no creían”.

Esther Fleisacher tiene hacia el lado derecho de su rostro, un mechón morado que permanece inmóvil en medio del cabello blanco que no cae por completo sobre sus orejas, sino que se va hacia los lados en forma de rizos despreocupados. No es en exceso tímida, contrario a lo que se creería por su figura o por la amabilidad de sus facciones. Cree que en este momento de la vida se encuentra en una etapa de recogimiento. “Escribir es una necesidad para mí”, decía. “Ahora mismo estoy descansando. Como acabo de publicar mi último libro, Donde se estrellan los pájaros, quiero pausar un momento las cosas”.

La autora recorrió salones con niños y niñas de todas las edades, comenzando por décimo y once, continuando con quinto y sexto. ¿En cuántos países ha estado? Respuesta fácil para contar con los dedos. ¿Qué la motiva a escribir? Muchas cosas, no había una sola. ¿Y qué tanto de lo que usted escribió en su libro fue verdad?, Esther dudó. “Lo primero para decir es que Tania no soy yo, Tania es un invento. Varias de las situaciones del libro fueron inventadas, pero otras sí me pasaron. Mi familia sí es europea, y ellos tuvieron que venir a Colombia gracias a la Segunda Guerra Mundial. Yo no crecí en una familia de lectores. En mi casa la lectura no era importante. Era importante que estudiáramos, que ganáramos el año. Yo le cogí amor a la literatura por las historias que me contaban mis abuelas”, respondió la escritora.

Su padre nació en Rumania, hoy Ucrania, y su madre en Egipto. Ella nació en Palmira, Valle. Además de español, sabe hablar hebreo y un poco de inglés. Tiene dos hijas. Cuando le preguntan por un libro o una película favorita prefiere no responder. Su forma de expresarse cambia cuando se le pregunta por el cine, es otra Esther diferente a la que, parada frente a un grupo de niños y jóvenes, responde preguntas sobre su vida.

Antes estudiaba Psicología en la Universidad San Buenaventura, pero luego entró a la Universidad de Antioquia y completó su carrera aprovechando la autonomía económica que ganó al empezar a trabajar tras la muerte de su padre. El psicoanálisis es aquello que, desde la mañana hasta determinadas horas de la tarde, la ocupa día a día en su consultorio.

Las tres pasas, Donde se estrellan los pájaros, La risa del sol, Flor desfigurada, Cable a tierra y Gestos hurtados son el total de sus libros publicados. Fue editora de la Universidad de Antioquia y de EAFIT. Ahora solo se concentra en sus citas en el consultorio porque, según ella misma afirma, “uno también tiene que subsistir de algo”.

Tras la proyección de un video, algunos niños se organizaron en fila frente a Esther y, reuniendo fuerzas con miradas indecisas y balanceos del cuerpo, se dispusieron a recitar de memoria algunos de los poemas de la autora. Poemas de amor desfilaron en la boca de los niños quienes, con pocos tartamudeos, recibieron muchos aplausos. Incluso una niña reunió todo su valor para recitar un poema que se notaba había sido escrito por ella. “A mí la poesía me gusta, pero uno tiene que admitir sus fuertes, y el mío es la novela o, en su defecto, el cuento”, confesaba Esther momentos atrás, sin que muchos pudieran escucharla.

Concluída la actividad, la jornada también terminó para aquellos que en República de Honduras estudiaban durante la mañana. El rector, el personero estudiantil y dos de los estudiantes llegaron más tarde para ofrecer un almuerzo en el que Esther respondió tantas preguntas hasta el punto de distraerse y terminar siendo la última en acabar su comida.

“Es muy raro ponerse el disfraz de escritor. Yo no soy una figura pública, y mi objetivo no ha sido venderme como una mercancía para que mis libros le lleguen a la gente. Lo que a mí me interesa es llegarle al lector para que, aunque no sea de forma masiva, quien los lea se vea atraído e identificado con las historias. ¿Qué me gano yo con que mis libros sean publicados pero no leídos?”, confesaba Esther en la mesa del almuerzo.

Muchas experiencias de los niños y niñas de República de Honduras llegaron hasta los oídos y manos de Esther en forma de relatos narrados y cartas a pulso. Uno de los retratos de las escaleras que Maribel había escogido, junto a una cartelera con más frases, terminó convirtiéndose en el souvenir que la autora se llevó para su casa. “Fueron tiempos muy cortos para estar con cada quien, entonces uno siempre tiene que medir sus respuestas”, decía Esther, “pero lo más importante es que, de la historia que yo conté, los niños empezaron a contar muchas más y eso me parece muy bonito”.

La luz de un guayacán, que sobrevivía a una de las tantas tardes lluviosas que sobrecogen a Medellín, dio la despedida a la jornada. “Los guayacanes están florecidos en esta época del año, qué bonito”, dijo Esther. La imagen del árbol amarillo, que yacía solitario en una colina color pastel entre camiones de construcción y pedazos de concreto para carreteras, se asemejaba a la portada de La risa del sol.

He ahí la diferencia entre quien mira las hojas de un árbol y quien las pasa de largo, con miradas clavadas en edificios. Solo una mujer que se fija en el amarillo de los guayacanes puede evocar tal reacción entre personas de múltiples edades dentro de una comunidad educativa. Esa es la característica última de la literatura, e incluso su más ambicioso deseo. Al fin y al cabo, ¿no es un guayacán la risa misma del sol?

Instantes atrás, con risas, fotos y recomendaciones editoriales, los mismos que habían estado presentes durante el almuerzo, despidieron a Esther con un beso en la mejilla y un abrazo sostenido. Ahora ella se dirigía a su casa, pero el guayacán que fue sembrado en República de Honduras permanecerá sin fecha de caducidad, pues sus estudiantes ahora conocen la posibilidad de contar sus historias a través de la literatura, como también saben de la existencia de escritores de apellido Fleisacher que nacieron en Colombia y viven en Medellín.

Esther Felisacher (1)


 

Luisa Fernanda Orozco Valencia: participante del XXVII Seminario de Comunicación Juvenil. No cree en extremos sino en mitades. La eme es su letra favorita. No confía en el horóscopo. Su nombre le parece un tanto ordinario a la hora de idear una firma. Viene de una familia de profesores, ingenieros y artistas. Escogió el periodismo como carrera por el pajazo mental que tristemente representa Gabriel García Márquez, pero terminó concluyendo que si iba a tener un horario de 8 a. m a 4 p. m., el periodismo era lo único que se podía aguantar. Cayó en la cuenta de sus diecinueve años cuando, sola en la cocina, se encontró a sí misma cantando “Sortilegio” de Aterciopelados, canción que juró detestar por el resto de sus días porque era muy vieja y su letra no tenía sentido. Ergo, su banda favorita es Aterciopelados. Los círculos son su figura favorita. La escritura es su círculo: cree que está condicionada a iniciar, terminar y volver a repetirse sobre ella.

Comparte esta noticia:
adminLa mujer que mira los guayacanes