Adoptar a Mejía

Por admin en Octubre 16, 2019 , No hay comentarios

Juan Diego Mejía 1 (1)

Por Julio César Orozco Ospina

El auto que debe llevarnos a la Institución Educativa La Salle de Campoamor, en la Comuna 15, nunca llega. Debo recoger a Juan Diego Mejía en el Claustro de San Ignacio, Centro de Medellín. Tomo el primer taxi que aparece. Unos minutos antes de recogerlo, he leído un breve perfil que le hizo Esteban Duperly sobre su última novela para la Revista Arcadia. La descripción que hace coincide perfectamente con mi primera visión: “mangas de la camisa dobladas hasta los codos, jeans —la camisa dentro de los jeans— y anteojos para ver. Nada más”. Esta vez algo más: un morral de universitario, elegante y pequeño.

Vamos bien, no hay problema, dice al entrar al carro. Mejía es un hombre tranquilo que siempre conserva el tono cálido y reflexivo al hablar, al escuchar y al conversar. Apenas se acaba de enterar que voy a acompañarlo a su encuentro con el programa Adopta a un Autor, entonces comienza a entrevistarme, a preguntar por los jóvenes de Medellín, por los programas para la juventud y por la Secretaría de la Juventud. Yo intento cambiar, rápidamente, la orientación de la entrevista, le explico que esta vez yo soy quien ha pedido acompañarlo como parte de la articulación entre la Fiesta del Libro y el Seminario de Comunicación Juvenil, donde muchos jóvenes de la ciudad, gomosos o estudiantes de periodismo y comunicación, han acompañado a una veintena de escritores en sus visitas a escuelas y colegios de la ciudad.

Paradójicamente, esta es la primera vez que una institución educativa de Medellín adopta al autor Juan Diego Mejía, pues, por su cargo de director de la Fiesta, no se sentía cómodo con esa especie de autoelogio. Desde luego, me aclara Mejía, no es la primera vez que un colegio lo adopta. Ya ocurrió once años atrás, en Guadalajara, México, cuando fue invitado junto a otros escritores colombianos a la que se considera la más importante feria del libro en español. Allá conoció la estrategia en 2007, pero solo cinco años más tarde se hizo posible con Mejía como director de la Fiesta del Libro de Medellín.

Falta poco para llegar. Los muros y las calles de esta Medellín estrecha le sirven de telón para recordar sus días en Guadalajara. Dentro de la Feria yo vi que tenía, además de la presentación en el stand de Colombia, una visita a un colegio. El día de la visita me recogió en su vehículo el ingeniero Paulo, quien era el rector. Recuerdo que hablaba como si conociera lo que yo había escrito. Antes de llegar al colegio, rebajó la velocidad del auto y me dijo que mirara los muros. Leí en uno el nombre ‘Juan Diego’. Creía que se trataba del indio Juan Diego, al que se le apareció la Virgen de Guadalupe. Luego vi una pintura en otra pared, pero esta vez se trataba de mi rostro.

¿Por quién debemos preguntar? Me interroga Mejía al llegar a la entrada. Por Martha Castillo, le aclaro, debe ser la profesora de Español. Como casi todas las instituciones educativas que conozco, el edificio está rodeado de grandes muros, blancos y fríos, como lo es también la puerta de hierro que sirve de entrada y que confiere al conjunto el aspecto de una institución carcelaria. El vigilante, cual guardián supremo, se hace esperar y nos da a entender que tiene el total dominio de cuanto deba ocurrir. Estos seres me recuerdan siempre la idea de aquel otro guardián de Kafka, Ante la Ley.

Entramos. En el hall, en los corredores y por todo el piso hay huellas de papel con el nombre seccionado de Juan-Diego-Mejía. En el patio principal están sentados los estudiantes de noveno y décimo, quienes esperan con carteles de bienvenida.

La profesora Martha nos presenta a la rectora, el coordinador, los demás profesores, y a Gloria, la bibliotecaria. Advierte que los muchachos están muy emocionados, que han esperado con ilusión la visita, que casi todos han leído El cine era mejor que la vida.

La rectora toma el micrófono y saluda. Le dice al escritor que está en un colegio público de 1.400 estudiantes, y que siempre están arriba: en las pruebas, en rendimiento y en disciplina. Luego lo presenta al público. Revela que es egresado de la Universidad Nacional, que es un matemático duro y saca el pecho por los muchachos que han pasado a la Nacional y a la de Antioquia. Las públicas, las mejores, dice.

Mejía saluda y empieza a contar la misma historia que escuché en el taxi. Luego vienen dos estudiantes, Ana María e Iván, y se lo llevan a un recorrido por las instalaciones del colegio. Le cuentan sobre los hermanos de La Salle, fundadores de la Institución. Mejía les recuerda a los pelaos las épocas en que eran muchos los jóvenes sin futuro en Medellín. Los mismos que iban del salón al matadero. De pronto ve una puerta abierta y se mete a la biblioteca para hablar con Gloria y le pregunta qué leen los muchachos, si escriben, si hay talleres de lectura, y se reconforta cuando descubre que prefieren las obras fantásticas y de terror, y poco las de Paulo Coelho.

En las paredes hay frases sacadas de sus cuentos y novelas, y a la entrada de la biblioteca algunas fotos mal impresas con portadas de algunos de sus libros, en que Mejía se ve un poco achatado y regordete. Me parezco a un tío mío, ríe el escritor que algo sabe de publicidad y diseño.

Llegamos al auditorio. Un grupo de estudiantes aguarda en silencio la entrada de Mejía. Lo reciben con aplausos y una canción de Frank Sinatra que evoca una página de un libro suyo. Todo cuidadosamente calculado. Al fondo se ve la mesa decorada con bombas, carteles y pequeñas cámaras cinematográficas de cartón. En la pared hay un retrato grande con el rostro de Mejía que, como es costumbre en estos encuentros, ha dibujado el estudiante más talentoso del colegio.

Como si se tratara de un acto único e irrepetible –y quizá lo sea– una estudiante se apresura a leer los puntos del programa que han de ser desarrollados con rigor. Otros jóvenes coordinan el audio y la grabación en video, alguien más ha hecho una presentación en power point del autor, los futuros periodistas alistan sus agudas preguntas, e incluso una bella estudiante, de larga cabellera y ojos alegres, tiene el encargo de atendernos con bebidas y frutas para hacernos la conversa más grata.

Mejía invita a sus entrevistadores, Miguel y Tomás, a que tomen asiento a su lado y les pide que pregunten libremente.

Nos llama la atención –inicia Miguel– la manera con la que se habla del mundo cotidiano en la Medellín de su infancia. Es curioso cómo se han transformado tantas cosas que a la vez resultan comunes. ¿Qué ha cambiado? ¿Todo antes fue mejor o peor?

Entonces Mejía comienza a hablar de su vida. Rememora esa Medellín de finales de los cincuenta, comienzos de los sesenta, en que transcurre su infancia. Manrique, donde están la familia y los primeros amigos; Guayaquil, aquel lugar donde su padre tenía un almacén, mientras él iba de visita y se hacía amigo de ladrones y prostitutas; el colegio San José, en Villa Hermosa, donde escribió sus primeras cartas de amor y descubrió su vocación de escritor.

Ya Mejía ha dicho casi todo de su vida, casi todo de su pasión por la escritura. Pero los alumnos quieren más y más: qué lecturas han nutrido esa pasión, qué hay que leer, por dónde comenzar. El autor se acomoda una vez más las gafas, se pasa la mano derecha por su blanca cabellera y responde: Uno se enamora de los libros y quiere quedarse con ellos cada mañana. De Cien años de soledad me aprendí muchas páginas de memoria, es un libro que uno quiere llevarse consigo. Quiero mucho la Rayuela y los cuentos de Cortázar, a veces termino hablando como sus personajes. Pero también creo mucho en autores colombianos como Tomás González, el de Primero estaba el mar; Octavio Escobar, el autor de Después y antes de Dios, o Laura Restrepo con Delirio o La novia oscura.  Si me dicen que me van a meter preso 10 años, ya tengo la lista de los 100 libros que me quiero llevar.

¿Y cómo escribir? Insisten los estudiantes.

Escriban, inténtelo. Eso no es para otra gente. Aquí puede haber otra gran escritora, un gran periodista.

Antes de terminar, los estudiantes se paran en frente para hacerle preguntas de El cine era mejor que la vida. Como suele ocurrir con la presentación de todo libro, cada lector ha hecho su propia lectura, entonces han construido su propia historia. Mejía, ¿por qué el protagonista principal no tiene nombre?, ¿por qué nunca se encuentra con Evalú, su amante?, ¿por qué ese final tan abierto?

Mejía vuelve a sonreír. ¿No les ha pasado que desean mucho una cosa y piensan: “qué tal que cuando ya la tenga me decepcione”? Me preocupa también que la felicidad sea tener un algo y ese algo nunca llegue, como la rayita del horizonte en el mar. Prefiero aquello de: voy hasta un punto y me devuelvo, para así no quedarme sin ilusión. A mí me gusta el final abierto. Creo que eso es lo que uno busca, que el libro siga vivo con cada lector.

A pesar de tratarse de una conversación seria y trascendente, de esas que parecieran destinadas al mundo adulto, los jóvenes de la I.E. La Salle no se han movido de sus asientos. Entonces la rectora entra para dar las gracias y anunciar que es hora de dejar ir al escritor. Es el momento de despedir a Mejía. Le entregan “un pequeño detalle” que él pide abrir. Al interior hay un folleto de la institución, un pocillo que lleva su nombre y su imagen. Luego viene el momento para la foto, la firma de una docena de autógrafos –algunos para libros sin dueño aparente–, y enrollamos el retrato que todos esperan que Mejía enmarque y ponga en un lugar visible.

A la salida del colegio, después de un corto almuerzo, Mejía me pregunta cómo me ha parecido todo, pero dejo que él mismo conteste. Muy chévere, me sorprende que no estaban aburridos, que hacían buenas preguntas. Creo que algo les quedó. Le respondo que el encanto de Adopta a un Autor es que, contrario a lo que ocurría con las pasadas generaciones, que solo leímos a gente muerta, los jóvenes de hoy tienen el privilegio de leer a los vivos y de vez en cuando encontrarse con alguno de ellos.

Vamos casi en silencio en el viaje de regreso, creo que Mejía anda pensando en su próxima novela. La mañana ha de haberle servido para confirmar su sospecha: necesita tiempo.

Juan Diego M 2 (1)


 

Julio César Orozco Ospina: comunicador social y periodista, abogado y máster en filosofía. Se desempeña como docente de periodismo de la Universidad de Antioquia y, actualmente, es el coordinador del Observatorio de la Juventud de Medellín y del Seminario de Comunicación Juvenil.

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