Capítulo 7 La Influencia silenciosa, una cartografía inestable

UN CUERPO DE MEMORIAS VIVAS | Capítulo 7

La Influencia silenciosa, una cartografía inestable

El rol de las mujeres en la literatura infantil y juvenil

*Este texto literario está inspirado en la charla Una cartografía inestable/ El rol de las mujeres en la literatura infantil y juvenil. Hizo parte de la 19ª Fiesta del Libro y la Cultura. El evento se realizó el miércoles 17 de septiembre de 2025, a las 6:00 pm, en Salón del Libro Infantil del Jardín Botánico de Medellín. Conversaron la escritora Ana Garralón (Es) y la especialista en LIJ Susana Aristizábal (Col).

Capítulo 7 de 10 del texto Un cuerpo de memorias vivas. Memorias de la 19.ª Fiesta del Libro y la Cultura de Medellín.

Se asume que no estuvieron, que su voz fue una ausencia. Sin embargo, la investigación y el libro de la escritora Ana Garralón proponen una tesis distinta en el universo de la literatura infantil y juvenil (LIJ): las mujeres siempre han estado ahí. Su presencia no ha sido esporádica sino continua, fundamental y estructurante, a pesar de que su labor, a menudo, haya sido “un trabajo acallado”, alejado del reconocimiento de las esferas oficiales: una “cartografía inestable” del rol femenino. Así lo demuestra en su libro Las Incursoras. Mujeres, libros, infancia, en el que traza la trayectoria y contribución de más de 300 mujeres al sector desde el siglo XIX hasta la década de los 80s del XX. 

En el libro, las pistas que Garralón rastrea, develan  las formas en que desde la narración oral que dio origen a los cuentos clásicos hasta el trabajo crucial en la edición han moldeado un campo literario que a menudo se percibe como secundario. Al trazar este mapa, no solo se rescatan nombres, sino que se deshace el mito fundacional del autor-genio, revelando la creación cultural como un acto fundamentalmente colectivo y femenino. 

Un examen forense de los orígenes de los cuentos clásicos revela la metodología de Garralón en su máxima expresión: desmantelar el mito de la autoría masculina para exponer la infraestructura matrilineal que lo sostiene. El caso de los hermanos Grimm sirve como ejemplo paradigmático. La narrativa popular, casi un cuento en sí misma, nos presenta a dos eruditos recorriendo aldeas para escuchar a viejitas junto al fuego. La realidad, desenterrada en la década de 1980 gracias a la minuciosa investigación de la correspondencia personal de estos hermanos, es diferente y reveladora. Los Grimm invitaban a mujeres ilustradas a tomar el té para que estas les relataran las historias que, a su vez, habían recibido de sus abuelas o del personal de servicio. Estas mujeres, a quienes Garralón denomina informantes (término técnico para designar a quienes proveen los relatos), fueron la verdadera fuente de la que bebieron los recopiladores. Este hecho subraya una verdad: la cultura es, en su raíz, transmitida de mujeres a mujeres, de madres a hijas, de abuelas a nietas. Sin embargo, este linaje cultural quedó opacado en el momento en que los hermanos Grimm firmaron y publicaron las recopilaciones, cristalizando su nombre como la única fuente de autoría. Este ejemplo histórico no es una anécdota, sino la ilustración de un patrón más amplio que demuestra que el reconocimiento público no siempre refleja la verdadera fuente de la creación cultural, obligándonos a mirar más allá de la firma en la portada.

La decisión de Garralón de estructurar su investigación por roles (editoras, fotógrafas, poetas, mediadoras), en lugar de seguir un estricto orden cronológico, ofrece una visión panorámica mucho más rica de este ecosistema. El enfoque revela que la contribución femenina no se limitó a la autoría, sino que abarcó toda la cadena de producción del libro, convirtiendo cada rol en un potencial espacio de subversión. 

Los roles que las mujeres han desempeñado son tan variados como fundamentales para el desarrollo de la literatura infantil: 

  • Narradoras orales: las fuentes primigenias de las historias, guardianas de un acervo cultural transmitido de generación en generación. 
  • Editoras: figuras clave que, trabajando “detrás de la creación”, moldearon catálogos y apoyaron a autores. Mujeres, como Ursula Nordstrom, no solo se opusieron a los “libros malos para niños buenos”, sino que declararon un objetivo revolucionario: “yo quiero hacer libros buenos para niños malos”. 
  • Fotógrafas: creadoras de fotolibros que, tras la Segunda Guerra Mundial, buscaron mostrar el mundo de forma diferente, desafiando la propaganda nacionalista al construir puentes de entendimiento y retratar la vida de niños en otras culturas. 
  • Poetas: un género donde las mujeres, particularmente en el ámbito de habla hispana, han encontrado un espacio fértil para florecer, explorando el ritmo y el poder evocador del lenguaje para la infancia. 
  • Mediadoras y promotoras: visionarias que fundaron iniciativas transformadoras como el Banco del Libro en Venezuela, bibliotecas y bibliobuses que sentaron precedentes de acceso a la lectura en toda América Latina. 

Este ecosistema deja ver una presencia multifacética, resiliente, y una riqueza que un modelo centrado únicamente en el autor jamás podría haber alcanzado. A través de estos roles, muchas mujeres no solo participaron en el sistema, sino que lo desafiaron desde dentro, empujando sus límites y redefiniendo sus propósitos. 

Históricamente, la literatura infantil ha vivido bajo una tensión fundamental: el conflicto entre su función pedagógica (enseñar, moralizar) y su potencial como experiencia lúdica y artística. Garralón rescata precisamente a aquellas mujeres que enfrentaron esas ideas pedagógicas, convirtiéndose en defensoras de lo que ella llama una literatura que no sirve para nada. Esta provocadora definición se refiere a una literatura que se niega a ser un instrumento utilitario y celebra el lenguaje por sí mismo, la fantasía desbordada y la irreverencia frente a las normas.  

El arquetipo de esta rebelión es, sin duda, Pippi Calzaslargas (Pippi Långstrump) de Astrid Lindgren. En su momento, los libros de esta autora fueron criticados y prohibidos. Sin embargo, su éxito demostró que había una sed de una “literatura más fresca, más lúdica, más irreverente en contra de la autoridad”. Pippi no enseñaba a obedecer; enseñaba a ser libre, fuerte y generoso, dinamitando las expectativas de la literatura infantil de su época. 

Esta actitud no fue exclusiva de Europa. En América Latina, figuras como Gabriela Mistral, que era una pedagoga comprometida, redactó una de las primeras declaraciones de los derechos del niño. Poseía, al mismo tiempo, una “potencia poética” que trascendía cualquier fin didáctico. Su obra demuestra que la vocación educativa no exige el sacrificio de la integridad artística, una idea que complejiza el binario simplista de arte contra pedagogía. Esta rebelión histórica contra la instrumentalización del libro resuena con una vigencia asombrosa en los debates contemporáneos. 

El análisis de Ana Garralón reescribe la historia que nos hemos contado sobre la literatura infantil. No es un relato de ausencia femenina, sino el de una influencia persistente, multifacética y transformadora, ejercida desde roles callados y espacios no oficiales. Desde las informantes de los Grimm hasta las editoras que apostaron por libros revolucionarios, las mujeres han construido y definido el campo. 

Esta genealogía es mucho más que un acto de justicia histórica; es una herramienta para el presente. Como afirma Garralónpara afrontar el mañana hay que también mirar un poquito hacia atrás. Su investigación no es un catálogo cerrado, sino una ventana que invita a continuar esta labor de rescate en otros contextos. Hoy, cuando el mercado sufre una sobreproducción de para literatura (libros diseñados para gestionar emociones o inculcar conductas), el legado de estas pioneras es más relevante que nunca. Mirar su pasado no es solo un  acto de rescate; es heredar un mandato: defender la literatura infantil como un espacio de anarquía creativa, no como un manual de instrucciones para la vida. 

Juan David Jaramillo Londoño