La ballena blanca, el grial de Chile

Por admin en Agosto 12, 2019 , No hay comentarios

El periodista y escritor chileno Francisco Ortega, autor de la novela gráfica Mocha Dick e invitado a la 13.ª Fiesta del Libro y la Cultura, habla sobre este personaje que marcó su infancia y su obra literaria.

 Por: Francisco Ortega*

Descubrí a Moby Dick antes de descubrir a Herman Melville. Debo haber tenido unos siete años cuando sucedió. La casa de mi abuelo materno estaba repleta de Selecciones del Reader´s Digest antiguas y fue en el número de septiembre de 1957 (aún la guardo, por eso recuerdo la fecha) donde encontré un artículo que cambió mi vida. Yo maté a Moby Dick, marcaba el título. La ilustración era preciosa: la cola de una ballena blanca y unos tipos en un bote acercándose con un arpón. El relato contaba de un pescador de New Bedford que aseguraba haber cazado un gran cachalote blanco idéntico al de la famosa novela de Melville. Sin embargo, eso no era lo más interesante del artículo, sino el párrafo final que revelaba que el albinismo en las ballenas no era algo inusual y que a lo largo de la historia había muchos registros de ballenas blancas, especialmente de cachalotes. Uno era descrito en los diarios de Leif Erikson, el vikingo que llegó a Groenlandia en el año 1000 de nuestra era; otro era el «famoso» Mocha Dick, un viejo macho de cachalote avistado a inicios del siglo XIX en las cercanías de la isla Mocha al sur de Chile, famoso por atacar y hundir muchos barcos balleneros, sobrevivir a contados ataques con arpones e inspirar al escritor Herman Melville en la redacción de Moby Dick.

Dicen que Dios es guionista. Por esas mismas fechas, mi padre compró una colección de revistas Mampato. En ellas venía un cómic titulado Mampato y los Balleneros y una versión reducida de la novela de Melville. La historieta finalizaba con la ballena blanca apareciendo ante los sorprendidos ojos de un niño viajero del tiempo. En tanto la “reproducción condensada” del libro original sabía recoger las mejores partes de la obra de Melville, pero me dejó con gusto a poco, no así las preciosas ilustraciones del desaparecido Eduardo Armstrong. Para mi cumpleaños número ocho, recibí de regalo mi primera copia de Moby Dick, una edición ilustrada de 150 páginas y letra grande, publicada en Chile por Zig Zag. Recuerdo haber leído el libro a ritmo de tres páginas por día. No más, no menos, una especie de ritual de iniciación. Leer Moby Dick me hizo sentir grande, me convirtió en una precoz y cómoda versión de Ismael.

Moby Dick era y es la historia de una obsesión y una venganza, pero sobre todo es la historia de una búsqueda. La de Achab y su revancha contra la vida; la de Ismael y su lugar en el mundo; la de Queequeeg y las respuestas ante un ídolo pagano que no contesta; la del resto de los tripulantes del Pequod ante la promesa de una esquiva riqueza, líneas todas que desembocan en la ballena blanca, que en el relato aparece como una monstruosa analogía del Santo Grial. Así como Percival y los caballeros del Rey Arturo añoraban conseguir la copa sagrada para alcanzar la inmortalidad, Starbucks y los otros caballeros del “Rey Achab” son obligados a cruzar las fronteras de la muerte simbolizadas en la joroba albina del mítico cetáceo. Cazar a Moby Dick otorga la vida eterna, pero al precio de perecer en el intento. Solo sobrevive Ismael, el más joven del barco y es él quien se encarga de firmar la inmortalidad relatando el drama de Achab y sus hombres.

Todo hombre tiene un monstruo marino que cazar, repite Ray Bradbury en las páginas de Sombras verdes, ballena blanca, esa suerte de diario de vida que redactó mientras fue encerrado por John Huston a escribir el guion para Moby Dick entre 1954 y 1955. Y claro, Bradbury reflexiona y hace un paralelo entre el símbolo del gran leviatán y otros fines últimos como el amor, un hogar, hijos, familias, etc.; todos distintos rostros para una criatura que el tiempo ha terminado dándole un simbolismo que ni el mismo Melville pretendió. Más allá de las citas espirituales y religiosas con las que plagó su relato, lo cierto es que para el escritor norteamericano Moby Dick no era más que una ballena, la más grande y poderosa de todas; una ballena que, por muy increíble que parezca, había existido realmente a inicios del siglo XIX.

Mocha Dick. Cortesía Francisco Ortega

Si es cierto aquello de que todo hombre tiene su monstruo marino, el mío fue la ballena blanca. Muchos años después de aquel inicial reportaje del Reader´s Digest me tropecé en Strands Books de Nueva York con un volumen en inglés titulado The wreck of the whaleship Essex, firmado por un tal Owen Chase, ballenero de Nantucket. El texto era un diario de vida redactado por el propio Chase donde relataba la odisea de su barco tras ser embestido y hundido por un monstruoso cachalote enfurecido por los arpones, una bestia que llamaban –otra vez—, Mocha Dick. Mientras en la ficción Achab partía tras el cachalote pálido, en la vida real, el cetáceo de frente arrugada parecía buscarme a mí.

Mocha Dick fue un macho de ballena de esperma o cachalote afectado de albinismo que, según las crónicas balleneras de inicios del siglo XIX, era avistado con frecuencia por los balleneros norteamericanos e ingleses que recalaban en el puerto de Talcahuano, en el sur de Chile. Decían que nadaba alrededor de la isla Mocha por lo cual los pescadores le dieron el nombre de Mocha Dick, algo que solía hacerse con cetáceos que tuvieran características particulares, como Timor Jack, el gemelo blanco de Mocha que algunos habían avistado en el Océano Índico.

Pero lo blanco del leviatán chileno no era inusual, tampoco su tamaño, ligeramente mayor que el común de los cachalotes. Lo que hacía especial al monstruo de la isla sureña era su particular “sentido del humor”. Mocha no escapaba como otras ballenas, sino que enfrentaba a sus cazadores y usando su frente de ariete y su gran mandíbula despedazaba botes y dejaba mal parados barcos de todos los tamaños. Su cuerpo viejo y lleno de marcas y cicatrices estaba cubierto por arpones de quienes habían intentado apresarla, detalle que le atribuyó características sobrenaturales. Decían que era inmortal. Supersticiones todas que no andaban extraviadas.

Mocha tenía un origen legendario que se remontaba a un mito del pueblo mapuche, el ciclo del Trempulcahue. Sostenía el relato ancestral que la isla Mocha era el lugar de descanso para las almas de los grandes guerreros, el sitio donde eran llevados los cadáveres en su tránsito al otro mundo. Los Lafquenches, nombre de los mapuches costinos, solían empujar a sus muertos hacia la isla, recostándolos en pequeñas canoas, a la espera de que cuatro brujas o Machis, que habitaban el lugar, salieran a recibirlos. La más vieja de las Machis se convertía en la abuela de todas las ballenas, una enorme criatura “albina y canosa” que se encargaba de empujar al muerto al inframundo. Los mapuche hablaban y aún hablan del cachalote blanco, es su personal versión del barquero y la isla una curiosa interpretación a medio camino entre el paraíso y la Ávalon de los mitos artúricos. Otra vez el Santo Grial. ¿Es acaso la ballena blanca el Santo Grial chileno? Yo creo que sí.

Y los mitos se convierten en leyendas y las leyendas en escritos. Quiso la casualidad que en 1829 un neoyorquino llamado Jeremiah Reynolds escuchara la leyenda de Mocha Dick y escribiera su historia en el periódico norteamericano The Knickerbocker, crónica que veinte años después fue tomada por Herman Melville y el resto de la historia es conocida. La ballena blanca chilena, la ballena blanca sudamericana se hacía universal. Ahora llegó el momento de traerla de vuelta, no como un falso chauvinismo, sino como una manera de dar a conocer un episodio oculto de la historia mágica de nuestro continente. Moby Dick o Mocha Dick es tan chilena como la cueca o el copihue, si no estaba en el escudo de mi país… eso es sólo cuestión de tiempo.

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Francisco Ortega

Periodista y escritor. Ha trabajado en medios de comunicación de Chile y América Latina. Actualmente, se dedica a la docencia y a la escritura profesional de libros y guiones de cine y televisión. También fue editor literario. Es autor del cómic La historia de Chile en cómic y de las novelas gráficas Mocha Dick, Alex Nemo y la Hermandad del Nautilus, 1899: Metahulla I y 1959: Metahulla II; del libro de no ficción Dioses chilenos y de las novelas infanto-juveniles de la saga de Max Urdemales; de la novela de terror Salisbury y la exitosa Trilogía de los Césares, serie de thrillers de misterio histórico publicada entre 2006 y 2016. Su última novela es El cáliz secreto, thriller y novela de conspiraciones históricas que trae de regreso a la protagonista femenina de la Trilogía de los Césares. Para 2020 anuncia una novela gráfica basada en la vida del dictador Augusto Pinochet, en clave de relato de horror. Pueden encontrarlo en las redes sociales como @efeortega y en el podcast La ruta secreta en Spotify.

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