Gracias Manuel Peña Muñoz

Marcos Duque Jaramillo
Estudiante de la Institución Educativa El Triunfo Santa Teresa, Medellín

Hace poco más de un mes, el nombre Manuel Peña Muñoz empezó a hacer eco en las aulas de nuestra Institución. ¿Quién es? ¿Cuáles son sus obras? ¿Por qué todos en el colegio estamos hablando de él? ¿En serio viene a visitarnos?

Las respuestas a estas preguntas dieron lugar a una aventura que rompió con la cotidianidad de nuestras clases de Lengua Castellana. En ellas, hablamos de Chile, y de repente se nos hizo un país vecino más cercano. Ahora, cuando este surja como tema en nuestras conversaciones, seguramente, empezaremos diciendo lo que desde esta experiencia mejor conocemos, que es la tierra natal de Manuel Peña Muñoz, el autor al que infinitamente estaremos agradecidos por el honor de su visita y por regalarnos, con la ilusión de su acogida, la oportunidad de acercarnos a sus obras y de hacer de ellas un motivo para el encuentro literario mediante la lectura individual y colectiva; para la memorización de rondas, adivinanzas y trabalenguas de nuestra tradición iberoamericana; para la representación plástica y escénica a partir de nuestras interpretaciones de lo narrado; para la indagación de aquello que nos era desconocido y nos llevó a comprender, por ejemplo, que una salamandra es también el nombre de una estufa de carbón y un alerce es un árbol que puede llegar a medir unos 40 metros.

Señor Manuel Peña, gracias por propiciar con su escritura y la promesa de su venida nuestro encuentro con algunos de sus personajes y con las realidades de sus mundos maravillosos.

Para aquellos que dejamos que un ángel nos soplara al oído, fue mágico escuchar las bellas razones por las que en Olmué se pueden llegar a ver algunos conejos rosados con ojos de color violeta como la flor del jaracandá; o por qué las mutisias tienen los pétalos manchados de rojo con la sangre de dos amantes; o por qué el duende Lily mora en el Callejón de las Hormigas y a veces regala cintas rojas a quienes las ven.

También, para quienes tuvimos la oportunidad de leer el libro Los niños de la cruz del sur, fue emocionante emprender el viaje junto a Fabián y Sandra por las aguas y a la rivera del río Baker hasta Caleta Tortel, tras la pista de una misteriosa nota atada a un globo azul que nos condujo más allá del descubrimiento de que Pablo Mendieta era el autor del enigmático mensaje; pues llegamos a descubrir que nosotros también tenemos sueños que guardamos en lo secreto, de los cuales, algunos penden ahora de estos globos que adornan la biblioteca y que son símbolo de nuestra esperanza.

Desde luego, los más pequeños se dejaron atrapar por los juegos de palabras de Lima, limita, limón, y corearon las vocales, jugaron a ser hormiguitas, elefantes y gatos con las patas de trapo.

Como podrá darse cuenta, tenemos motivos suficientes para afirmar que es un privilegio para nosotros el hecho de que usted esté aquí presente. La vida de cientos de nuestros compañeros y la nuestra fue tocada por su obra. Por eso, terminada la espera, lo recibimos con los brazos abiertos y lo adoptamos como parte de la familia institucional.

Hoy, queremos escuchar su voz, entablar con usted una conversación y ver cómo se abren surcos de nuevas posibilidades. Hoy, somos esos niños a los que les puede hablar “de los sauces que lloran y que a veces ríen, de los caracoles en el jardín que dejan escrita una historia de amor, de lo que cantan las mariposas cuando vuelan y de lo que dicen las piedras cuando caen al agua y dejan ondas”; pero también somos esos que quieren preguntar, por ejemplo, ¿qué tanto hay de “autorretrato” en sus obras? ¿De verdad vivió en Alemania, en un castillo donde se le apareció un niño fantasma? ¿Todavía lo inspiran “una canción, un verso, una frase al pasar, una viejecita que barre las hojas secas con un bastón”?

En fin, bienvenido y gracias por acudir a esta cita.

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