Palinuro, casa de libros leídos

Sobre una calle silenciosa de Medellín hay una casa corriente. En el segundo piso, un hombre. Administrador de profesión, librero por pasión, escucha jazz rodeado de estanterías cafés, cuadros de Borges y canastas con libros a cinco y a diez.

Palinuro fue el piloto de la nave de Eneas desde su salida de Troya tras la destrucción de la ciudad, en La Eneida. Palinurus es un tipo de crustáceo. Palinuro es una pequeña ciudad italiana, o un barco insignia de la armada, o el nombre de una familia de mariposas, o la segunda novela de Fernando del Paso, o un lugar en Medellín, cerca al Estadio Atanasio, donde venden libros leídos.

El hombre en el segundo piso es Luis Alberto Arango. Al hablar se le asoman los dientes de abajo y sonríe con frecuencia mientras los pliegues que tiene alrededor de los ojos se pronuncian.

La historia del nacimiento de la librería en el centro de Medellín y la posterior mudanza al Estadio, la ha contado por mucho tiempo de la misma manera: “Elkin Obregón, el caricaturista, se mantenía diciendo que quería una librería de viejo, y un día Sergio Valencia, el de Tola y Maruja, le paró la caña”. A Luis le preguntaron si era capaz de administrar la librería y él dijo que sí.

“Muchachos en seis meses nos quebramos pero vamos a quedar todos con muy buenas bibliotecas”, dijo entre risas Héctor Abad Faciolince, otro de los socios fundadores, la noche de la inauguración. Desde un principio, los cuatro tuvieron muy claro que el sueño loco de Elkin Obregón no era un negocio para lucrarse. La materia prima fue el amor por los libros y el gusto por tener una librería de viejos, como se le dice en el gremio a aquellas en las que se venden principalmente libros leídos.

Desde ahí han pasado 16 años y dos crisis. La primera, cuando cumplieron diez años y estaban todavía en el centro de Medellín. Cuenta que llamó a cinco amigos para que fueran socios y llegaron nueve. “Eso significaba que querían mucho la librería. Cada uno aportó lo que pudo y seguimos”, recuerda Luis Alberto.

En el 2015, cuando vino la segunda crisis, tuvieron que salir del centro y llegaron al Estadio, donde están actualmente. En esa oportunidad, Héctor Abad le cedió su parte a Esteban, hijo de Luis Alberto. Igualmente, otro de los socios le cedió su parte a Juliana, también hija de Luis.

-“¿Cómo estás? Seguíte”, dice Luis cada que una cabeza curiosa se asoma por las escaleras al segundo piso. Abajo está Grámmata, otra librería, pero de libros nuevos.

Luis estudió Administración, trabajó en varias empresas y antes de dedicarse a los libros fue disquero durante 20 años. No necesita poner en palabras lo que significa en su vida la música, y tampoco es capaz de encontrarlas, porque nunca ha estado alejado de ella. No se concibe sin ella. Él se define como un amanuense, un escritor bisiesto que ha parido tres libros: un poemario, otro de cuentos en el que recogió 40 años de escritura privada, y Desorden alfabético en el que escribió sus propios significados sobre algunas palabras como “librero”.

“El librero es un acólito de diario que debe oficiar sobre las estanterías y las mesas de su entorno. Allí donde anónimos, tímidos y locuaces lectores van a confesar sus gustos o a contagiarse de otros, donde se comulga en silencio o a gritos de tertulia ocasional. El librero de alma jamás sana de la úlcera eterna que le producen las bellas ediciones que vende, que entrega con desprendimiento conociendo de antemano el destino incierto de esos libros. Su condición no lo hace maestro pero debe estar dispuesto a serlo cuando intuye que alguien cambiará al transcurso de esas páginas. Al librero lo ronda el enigma, a veces no sabe quién es su próximo cliente y otras lo intuye en la dirección de su mirada”.

Los libros que se venden en Palinuro han sido escogidos uno por uno. Cuando estaban en el centro, tenían que salir a buscar quién vendía bibliotecas o lotes de libros. Ahora la gente les ofrece. Sin embargo, desde un principio decidieron no comprar a puerta cerrada. “Yo veo y escojo para no comprar basura”, dice él. También decidieron vender solo lo que estuviera dentro del área de Humanidades, es decir, ensayo, filosofía, literatura (la cual sostiene la librería), arte, teatro, biografías, cine, música y poesía.

Las estanterías de Palinuro han visto muchas joyas. Hace dos meses, cuenta él, enviaron a Chile una primera edición de un libro de Vicente Huidobro. “Nos llegó hace 10 años a la librería. Estaba ahí, nadie la había visto. Lo montamos en MercadoLibre y un señor chileno se interesó en ella y se la mandamos.

En este tipo de actividad, cuenta Luis Alberto, no hay proyectos. “Esto es lo que ven. Aquí se vive el día a día. Nos preocupamos por tener buenos libros y por tener con qué comprar, nada más”. Dice también que ama su librería y que tenerla después de 16 años es un ejemplo de terquedad.

El Barcón de Eneas, el Hallinuro, el Palimuro y la Vanidoteca son algunos de los espacios que hacen de Palinuro una librería construida en familia, con amigos. Un espacio de encuentro, un lugar para quedarse, conversar, tomar un café o una cerveza.

Entre las historias que Luis Alberto cuenta en una tarde, porque todo librero es un buen conversador, hay una que habla del origen de su amor por los libros. En la casa de su infancia, la biblioteca eran dos vitrinas: una abierta al público y la otra cerrada con llave. Él, un muchacho de 14 años, veía que su papá abría un libro que se llamaba El cinturón de la castidad, lo leía y lo volvía a guardar con llave. Una vez consiguió el escondite de las llaves, sacó el libro y lo leyó. Eran cuentos de un supuesto corte erótico que terminaron siendo el pasaporte a una vida plagada de libros, personajes e historias.

Ser librero es abrirle la casa entera a otro lector. Dejar sin llave la estantería de los tesoros personales. Servir de cedazo y dejar solo lo que un día le sorprendió, para que haga lo mismo con otros.

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