Selnich Vivas: el profesor, el escritor, el roraima

Por admin en Octubre 16, 2019 , No hay comentarios

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Por Jorge Andrés Londoño Ceballos

-¿Qué es un roraima?- tengo tiempo de preguntarle a Selnich Vivas, mientras el conductor contratado por Fiesta del Libro, confundido por una dirección errónea, da vueltas por Castilla buscando la Institución Educativa Sebastián de Belalcázar, que esta mañana adoptará al profesor y escritor antioqueño. “Se formó como roraima en comunidades minika del Igaraparaná bajo la orientación de sabedores y abuelos”, dice en las memorias del XXVIII Festival Internacional de Poesía de Medellín, al que Selnich fue invitado.

Ror: palabra interior; airama: el que aprende, enseña, comparte. También puede entenderse como cantor.
– ¿Coincide con lo que, genéricamente, llamamos “chamán”?
– No, no… la palabra de poder es rafue, quien la tiene es el rafuenama. Yo no tengo los dones de sanación.
– ¿Puede esta palabra, roraima, abarcar las actividades que realiza en sus múltiples facetas?
– Creo que sí, a fin de cuentas los escritores y profesores son personas que comparten la palabra.

“Llegó, llegó”, murmuran algunos de los estudiantes que lo esperan apostados en un balcón. Selnich los ve a través de una ventanilla en la puerta principal del colegio. “Ahí está mi nombre en unos letreros”, dice repentinamente entusiasmado, nervioso. Entre antorchas encendidas, máscaras y dibujos alusivos a sus obras, cerca de 70 niños lo esperan en el auditorio. Lo reciben efusivamente, y luego en contraste, guardan silencio. Selnich se sienta en un bloque de paja, a la diestra de su retrato enmarcado en hojas secas. Se lleva a la boca una cucharada de mambe y se une al silencio.

Como de costumbre en los actos cívicos, una colegiala lee el orden del día. El primer punto es un video llamado Recreando a Selnich Vivas. Sobre una versión new age de “El cóndor pasa”, con batería y bajo, pasan fotos de los estudiantes realizando manualidades, que se alternan con fragmentos de los textos de Selnich que leyeron y representaron.

Luego del video los estudiantes entonan el himno de la Institución Educativa con la firmeza reverencial de soldados que rinden honor a la bandera. Cicerón Perea, rector, le da la bienvenida oficial al escritor invitado y exalta la labor de Yuliana, la bibliotecaria, cuya gestión permite por segunda vez la llegada de un autor a las aulas del Belalcázar.

“Cuarto: poema”. Mateo Sánchez lee su poema Raíces, que escribió inspirado en Finales para Aluna, novela que imagina cómo hubiera sido una Europa colonizada por pueblos nativos de América. “Siento que tengo sangre indígena”, dice un verso del poema. Selnich sonríe, conmovido. Al terminar, Mateo se levanta para entregarle el manuscrito del texto, le extiende la mano, pero tal gesto no corresponde a la emoción del autor adoptado, que abraza sentidamente al joven poeta.

Por fin habla el roraima. Saluda en minika y casi de inmediato el micrófono falla afectando un tanto la solemnidad del momento; sin embargo, hay tal suspenso que puede continuar sin amplificación. Luego traduce al castellano: “En este momento mi corazón se siente muy feliz porque los hijos de la madre han regresado con sus cantos y palabras para celebrar la vida”. Canta, primero sentado, después se levanta y marca un tiempo uniforme con pasos acentuados que avanzan sobre las baldosas como palmas sobre un llamador. Invita a los presentes y se une la mayoría hilando una serpiente. Se envuelve sobre sí la danza y forman una espiral que se va cerrando en un gran abrazo. Pasos cada vez más cortos, a punto de alcanzar su masa crítica. El abrazo se rompe en medio de gritos que desembocan en risas.

“Los abuelos nos enseñan que la palabra sana cuando cantamos y danzamos juntos agradeciendo la vida. No tenemos que correr, podemos tener una pausa y danzar. Queremos volver a ser familia”, dice Selnich, volviendo al castellano. Explica que el deber que le transmitieron es compartir la palabra y la medicina que recibió de los mayores. Así, además del canto, entrega semillas de cacao y maní, envueltas todavía en su cobertura vegetal, y pide que se las pruebe con prudencia y respeto. Su sabor no es el del chocolate y el maní de paqueticos; en su forma natural, sin azúcar ni sal añadidos, son memoria del origen y esencia de lo femenino.

Cumplido el saludo, se abre paso a las preguntas. Selnich preferiría hablar sobre la amazonía, pero la primera pregunta es sobre su proceso en Alemania. El traductor contesta en alemán, lo que de nuevo suscita el silencio arrobado de los oyentes: “Me sentía indefenso porque no entendía, pero fui descubriendo la alegría de otros sonidos. He descubierto que mi cuerpo necesita muchas lenguas”.

¿Qué lo impulsó a ser escritor?

Cuenta que a los ocho años se entretuvo leyendo y olvidó su misión en un robo, alertar a una pandilla en caso de que llegara la policía, que en efecto llegó y se llevó a sus compinches. Se sintió salvado por la literatura y decidió dedicarse a ella. Luego agrega: “Yo quiero ser poeta para quedarme del lado de la vida; me inspiró su valor y la posibilidad de gozarla”.

¿Qué lo llevó a interesarte por lo indígena?

De  nuevo en su salsa, el roraima responde cantando. “¿Qué mujer quiero ser? ¿Quiénes queremos ser?”. El profesor cuestiona a los niños, los exhorta a pensar en la historia de este país, contada desde la perspectiva europea, que nos define como occidentales: “las perspectivas afro e indígenas son importantes, también somos afro e indígenas”.

¿Por qué quiere enseñar?

El profesor recuerda que leyendo a Hegel, un gran filósofo, encontró que los africanos e indígenas eran considerados bestias que debían ser evangelizados. Se incomodó mucho por estas ideas, y abandonó la ruta que aún hoy supone que en América Latina no hay grandes filósofos y artistas. “Nosotros hacemos ciencia a través de las lenguas africanas y ancestrales americanas: ¿por qué vamos a pensar que solo el inglés es ciencia? Es hora de cambiar la historia”. Por esta vía continúa su cuestionamiento de la vida occidental, y los marcos a través de los cuales se impone. Dice, por ejemplo, que la “blancura” del agua es otra mentira de la ciencia, que hay aguas verdes, rojas y amarillas que también pueden beberse.

A propósito de Carátula, cuento que leyeron en el Belalcázar y que hace parte del libro Contra editores, una profesora pide la palabra para comentar las dificultades que tuvieron con los nombres de los personajes, que están en japonés. “No estoy de acuerdo con que mis personajes se llamen Luis, Pedro, Pablo o María”, contesta el autor. Relata que el cuento surge de la convivencia con un coreano y un japonés, que le permitió conocer los conflictos entre estos pueblos y cómo se reflejan en la vida cotidiana de las personas muchas generaciones después. “Somos hijos de esta época, pero podemos habitar en otra. La literatura es un desafío fantástico que permite vivir y pensar en otras épocas.

¿Cuál es su libro favorito?

En coherencia con su apuesta como escritor, el gusto literario de Selnich tiene favoritos en muchos idiomas. Recomienda la lectura de “Nacimiento, vida y muerte de un sanandresano”, de Lolia Pomare (narración oral con versión escrita de Marcia Dittmann), en creol; de “Pétalos de sangre” de N’gugi wa Thiong’o, escrito  en kikuyu (Kenya) y la obra poética de Paul Celan, en alemán. Sobre la literatura que se escribe actualmente en Colombia dice que tiene demasiada silicona y droga, desconoce la historia y constituye un objeto de consumo. Sin embargo, la publicación de escritores como Vito Apushana y Fredy Chikangana representan un cambio en Colombia.

Vivas le explica a los niños que los viajes ayudan a entender cosas que no se entienden en un solo lugar, así como hay cosas que no se pueden decir sino con la ayuda de otras lenguas. Inquietos por el tema de los viajes, un niño le pregunta por los peligros que ha enfrentado. Les cuenta que una vez, por descuido, dio un machetazo al árbol en que vivía una tarántula, y esta reaccionó cubriéndolo de un millar de vellos imperceptibles que penetraron su piel y se convirtieron en larvas. Los niños sintieron escozor al imaginar las larvas recorriendo el cuerpo por debajo de la piel. Un abuelo de la selva lo cubrió completamente con un ungüento negro, que no pudo quitarse durante 15 días, y así lo curó.

Nuevamente lejos de la literatura, la conversación da rápidamente sus últimos pasos: la vida familiar de Selnich, su dieta, su visión de la muerte y la de los pueblos ancestrales, la forma de dormir en la selva… El tiempo apremia y uno de los estudiantes más grandes da por terminado el conversatorio. Un grupo de niños le pide al roraima que, antes de irse, dancen otra vez. Algunos huyen, cansados o avergonzados. Los que se quedan forman nuevamente la serpiente y al ritmo de sílabas minika serpentean en espiral hasta formar la masa crítica de un abrazo que se rompe entre gritos y risas que dan por terminado el encuentro.

El escritor agradece: siente que los niños le han dado vida para seguir escribiendo, y se lleva consigo el retrato y las decenas de libretas, dibujos y objetos que ellos hicieron para homenajearlo.

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“Bajo la bandera imperial, donde estaba entretejida el águila bicéfala, y al grito bélico de “¡Santiago!”, que significaba muerte para los nativos de América, avanzaron los guerreros españoles”. William Ospina, América Mestiza. El país del futuro.

Por las tierras de Pasto, Popayán y Cali, dirigió la conquista Sebastián de Belalcázar. Selnich no advirtió que el nombre del colegio que lo adoptó rinde homenaje a un conquistador. La paradoja hubiera sido buen tema de conversación.


 

Jorge Andrés Londoño Ceballos: participante del XXVII Seminario de Comunicación Juvenil. Medellín, 1990. Politólogo de la Universidad Nacional de Colombia. Actualmente es mediador en territorio del Museo de Antioquia, en el proyecto Memorias del agua. Su libro Solombra (Hilo de plata editores) fue ganador en 2017 de la Convocatoria Pública de Cultura y Patrimonio de Antioquia, en la categoría creación poética.

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