Felicidad

Lucas Vargas Sierra

Screen Shot 2020-04-30 at 12.18.35 AM

En el sexto almacén encontró el que buscaba. Había visto otros, en los almacenes anteriores, pero se veían baratos, infames. Uno, incluso, tenía las piedras de plástico, y la arena parecía harina de trigo. Terrible. Éste era perfecto. La base de madera de verdad, arena blanca resplandeciente, cinco piedras distintas (gris, blanca, marrón, veteada, coralina), un puente de porcelana mate con detalladas balaustradas, el rastrillo delicado y sutil. Y el buda, el buda tallado en piedra, con el rostro levemente asimétrico delatando las manos de un artesano en el proceso. Perfecto, en su imperfección, claro. Perfecto.

Se acercó a la caja para preguntar el precio, la mochila estratégicamente colgada para tapar el escudo del colegio en la camisa del uniforme. No creía que nadie le preguntara nada, pero en las películas gringas siempre le ponían problema a los pelaos que se volaban de clase, y era mejor prevenir. La cajera no pareció darle importancia, revisó el sistema y le regaló la cifra. Alta, claro. Hizo cálculos mentales. Llevaba ocho meses, tres semanas y cuatro días ahorrando, y así y todo el gasto iba a sentirse. Siempre estaba, claro, la posibilidad de usar algo de la plata que Raúl le había dado…

Agitó la cabeza, descargó la mochila sobre el mostrador y contó la plata sin sacarla del todo antes de entregar una cifra un poco mayor. Al hacerlo vio los aretes colgados junto a la caja. “Son piedras para la protección”, contestaron a su pregunta. Pidió una sin preguntar el precio. No estaban caras, no tuvo que poner sino cinco mil pesos. Le entregaron los aretes en una bolsa blanca de papel que se metió al bolsillo, y la caja con el jardín la acomodó entre el libro de química y el de matemáticas. Miró la hora, iba bien, todavía podía volver a casa y disfrutar de un momento en calma.

Antes una última parada. En el puente que va a la estación y cruza sobre el río. Pone la mochila a sus pies y la abre. Revisa que no haya nadie. Saca la cartuchera donde tiene la plata de Raúl. Mira los billetes. De cincuenta, de veinte, de diez los más bajitos. Un montón. Mira el curso del río abajo, se imagina cómo se vería un cuerpo al chocar con la corriente. Un splash ligero y ya, luego nada, luego nada, luego nada. Aprieta entre los puños el montón de billetes antes de soltarlos. La luz de la mañana regala un espectáculo de espejos. Parecen aleluyas y, cómo si fuera una fiesta, siente unas tremendas ganas de reír. Hace mucho que no se reía. Le da miedo que alguien lo escuche y venga a ver qué le pasa, pero no puede parar de reírse. Se siente ligero, y podría seguir riendo, pero le duelen las costillas de la izquierda. Recoge la mochila y entra a la estación. El peso del jardín en su espalda lo reconforta. Falta poco.

El apartamento les gustó desde la primera visita. A él lo que más le emocionaba era que por primera vez iba a tener una pieza propia. Luego de tanto vivir en apartaestudios, compartiendo la pieza con su mamá, tener su propia ventana, y que por la ventana se viera una quebrada, era un milagro. La primera noche, estrenando la cama que había armado con ayuda de Raúl, creyó que su dicha era mayor a la que nadie nunca hubiera experimentado. Durmió con la ventana abierta.

Recuerda mientras pasea entre los muebles, mientras recorre la cocina, mientras se sienta en la sala. Sobre la mesa de centro hay una foto de los tres. Están sonriendo. La tomaron poco después de la mudanza. Su mamá se ve feliz. Su mamá es feliz, todavía. Muchísimo. Incluso ahora hace más tranquila los turnos de noche porque sabe que él no se queda solo en la casa. Pone de vuelta la foto porque no es esa la que quiere, sino lo que hay al lado. Su mamá jovencita con un bebé en los brazos. La saca con cuidado y regresa el marco vacío a su sitio. Camina a su pieza y se queda de pie escuchando la quebrada. Respira profundo antes de cerrar la ventana.

Ya vació la mochila. Mete la foto dentro de la libreta que le sirve de diario. La caja con el jardín está junto a la pila de ropa doblada y sobre la caja el sobre blanco con los aretes. No está en sus planes, pero sabe que no le tomará mucho tiempo. Busca apresurado el kit de costura y elije una de las agujas. Calienta el metal, lo desinfecta con alcohol. Leyó en alguna parte que intentar volver a abrir un piercing que se cierra es más complicado que abrir otro, y entonces hunde la aguja junto a la cicatriz. Debería dolerle, pero no le duele. Con cuidado, para no perder la perforación, se pone la areta. La piedra cuelga y ahora sí duele, pero solo un poco.

Sale para mirarse en el espejo de la pieza de su mamá, que es el único de cuerpo entero en toda la casa. Gira el rostro para verse mejor. Sí, ha crecido mucho el último año, se le alargaron los huesos y por eso se ve todavía más delicado, también es cierto que hay algo de femenino en sus facciones. Bajo el lóbulo blanco la amatista resplandece. “Para protección”, le dijeron, y entonces se le ocurre el otro regalo, y al poco está de nuevo frente al espejo, y abre el cajón de las joyas de su mamá, puras piezas de fantasía. Entre los de ella cuelga el que a él le sobra. “Para protección”, susurra a las joyas, y se emociona al oír su propia voz. Se escucha feliz. Se imagina verse junto a su mamá, ambos con aretas iguales, como cuando a los quince lo acompañó a hacerse el piercing.

Si piensa en eso corre riesgo. Lo sabe. Va a su pieza y mete la ropa en la mochila, luego la agenda con la foto adentro. Ha llegado el momento. Cierra los ojos para prepararse. Esa mañana despejó el escritorio, que armó él solo, para que nada interfiriera. Se sienta con la caja del jardín sobre las rodillas y lentamente empieza a desempacarlo. Primero la base de madera. Luego la arena blanca, brillante, que derrama despacio para no botar ni una pizca. Agita la base para que la arena se convierta en un manto uniforme. Una por una ubica las cinco piedras (gris, blanca, marrón, vetada, coralina) y luego traza entre ellas, usando con cuidado el rastrillo, un río tenue. Pone el rastrillo apoyado en un costado antes de seguir. Duda si poner el puente justo en el centro del río o hacia alguno de los extremos, se decide por lo último. Finalmente, el buda —el precioso buda de rostro levemente asimétrico— ocupa un lugar destacado en la esquina superior izquierda de la composición.

Con las manos en las rodillas observa el resultado. Es perfecto, absolutamente perfecto. Hizo bien en no comprar el primero que vio, hizo bien en buscar este, hizo bien en no preocuparse de que fuera un poco costoso. Qué importa, la plata viene y se va, es lo de menos. Mira el reloj. Se levanta. Revisa en su bolsillo y saca las llaves de la casa, las pone junto al jardín. Solo el jardín y las llaves sobre el escritorio. Así debe ser. Se echa la mochila al hombro y cierra su pieza al salir. Sin mirar nada más sale del apartamento. En el ascensor se imagina que el portero le dirá a su mamá que lo vio volver, y volver a irse, y eso es todo.

También imagina la cara de sorpresa que pondrá cuando entre a su pieza y vea el jardín. Ella se lo había dicho una vez y él siempre lo había pensado desde entonces. Que era imposible que alguien con un jardín zen en casa fuera infeliz.

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