El autor e ilustrador coreano Jung Jinho, uno de los invitados internacionales del Festival del Libro Infantil de Medellín, conversó sobre su proceso creativo, la relación entre experiencia y emoción en sus libros ilustrados y la libertad que hoy encuentra la literatura infantil coreana.
Reconocido internacionalmente, ha sido galardonado en dos ocasiones con el Bologna Ragazzi Award, en las categorías de Opera Prima y Arte & Arquitectura. Sus libros han sido publicados y traducidos en países como: Estados Unidos, Francia, Bélgica, China y Taiwán.
Su visita hizo parte de la participación de Corea del Sur como Invitado de honor a los Eventos del Libro de Medellín en 2026, una presencia que permitió acercarse a una tradición de literatura infantil que invita a mirar lo cotidiano desde otros ángulos: a través de la imaginación, la exploración de las infancias y el diálogo con símbolos de su tradición cultural.
Durante el Festival también se presentó en el Auditorio 1 la exposición En compañía de El señor Ho (호선생전), una selección de ilustraciones del álbum ilustrado en el que Jung Jinho reinterpreta un clásico narrativo de Corea del Sur, El cuento del conejo. El espacio fue concebido como un lugar de encuentro para las infancias y sus personas cuidadoras, donde las imágenes del autor acompañaron una programación dedicada a celebrar la lectura, la curiosidad y el descubrimiento compartido.
Tu obra ha sido galardonada con el Bologna Ragazzi Award en dos ocasiones, uno de los premios más prestigiosos en literatura infantil y juvenil. ¿Cómo crees que ha evolucionado tu visión del libro ilustrado desde tu primera obra hasta ahora, y qué significado tienen esos reconocimientos para ti?
Jung Jinho (JJ): Llevo alrededor de doce años trabajando como autor. En este tiempo mi forma de trabajar no ha cambiado radicalmente, pero sí se ha ampliado. Más que transformar mi proceso, he ido sumando nuevas maneras de hacer libros. Al principio, como yo estudié arquitectura, mis libros eran más conceptuales. Me interesaban preguntas como: ¿qué significa mirar?, ¿qué es la altura?, ¿qué significa ver algo? A partir de ese tipo de preguntas construía mis libros.
Por ejemplo, en ¡Mira hacia arriba! se explora cómo alguien observa el mundo o cómo se dirige la mirada hacia arriba. Otros de mis libros también parten de ese tipo de ideas. En mis primeros trabajos intentaba desarrollar esos conceptos a través de imágenes, explicándolos de forma sencilla mediante el dibujo. Pero desde hace unos cuatro años he empezado a intentar algo distinto: trabajar más desde la historia. Me pregunto qué tipo de relato puede resultar interesante o divertido para los niños. Los conceptos siguen estando presentes, pero ahora trato de incorporarlos dentro de una narración. Antes tomaba un concepto y lo expresaba directamente con imágenes. Ahora intento que ese concepto se despliegue dentro de una historia. Por eso creo que mi trabajo ha ido cambiando: de un enfoque más conceptual hacia uno más narrativo.
Además, cuando gané un premio internacional en 2019, eso también marcó un cambio importante. Antes de ese reconocimiento casi no tenía oportunidades de encontrarme con niños lectores. Pero después del premio comenzaron a invitarme a dar charlas y talleres para niños en distintos lugares. Para mí, lo más significativo de ese premio fue precisamente esa posibilidad: poder conocer a los niños que leen mis libros.
En muchos de tus libros, como Look Up! (¡Mira hacia arriba!), exploras temas de empatía y perspectiva a través de imágenes y narrativa visual. ¿Qué te inspira a contar historias para niños centradas en las ilustraciones, y cómo construyes la relación entre imagen y emoción en tus libros?
JJ: No sé si esta será la respuesta más exacta, pero para mí el trabajo de un autor consiste en sacar hacia afuera lo que tiene dentro. Todo lo que aparece en mis libros proviene de experiencias que he vivido directamente o que he procesado interiormente. Incluso cuando una historia no es exactamente autobiográfica, suele estar relacionada con algo que he experimentado. Por ejemplo, ¡Mira hacia arriba! no cuenta exactamente mi historia, pero está inspirada en algo que me ocurrió cuando era niño. Si miran mi mano, verán una cicatriz. Cuando tenía dos años me quemé la mano al tocar una olla caliente, por esa razón mis dedos quedaron pegados.
Tuve que pasar por varias operaciones durante mi infancia, la última fue cuando tenía dieciséis años. Pasé mucho tiempo en hospitales, allí conocí a muchos niños que también estaban enfermos o heridos, o que tenían algún tipo de discapacidad. Creo que ese tiempo de mi infancia, rodeado de esos niños y de esas experiencias, se refleja completamente en ¡Mira hacia arriba! El personaje no soy exactamente yo, pero es una mezcla de mí mismo, de los niños que conocí en el hospital y de los recuerdos de esa época.
Así como el personaje no quiere bajar, yo también sentía vergüenza de mi mano y solía esconderla en el bolsillo. Incluso mis profesores me regañaban por eso. Si los lectores perciben emociones en mis libros, probablemente es porque esas emociones vienen de experiencias reales que he vivido y que he procesado dentro de mí. Los niños suelen captar esas emociones con mucha rapidez.





La literatura infantil coreana está viviendo un momento de mayor visibilidad en el ámbito internacional. ¿Qué crees que conecta hoy a los lectores de otros países con las historias que nacen en Corea?
JJ: En Corea hay muchos autores de libros infantiles, incluso en proporción a la población. Cuando hay muchos autores, naturalmente aparecen muchas formas distintas de hacer libros. Si observamos los libros ilustrados coreanos actuales, encontramos una gran diversidad de estilos, temas y enfoques. Creo que eso también tiene que ver con que los autores no se imponen demasiadas restricciones en cuanto al estilo o la forma de expresión.
Voy a contar un ejemplo. Cuando ¡Mira hacia arriba! se publicó en Francia, ocurrió algo curioso. La editorial decía que el libro era bueno, pero que no podía publicarse porque era en blanco y negro. Me dijeron que los libros infantiles debían tener color. Me pidieron que añadiera color a las ilustraciones, pero yo me negué, porque el blanco y negro era fundamental para el sentido del libro. Finalmente, la editorial hizo una propuesta intermedia: mantener las ilustraciones en blanco y negro, pero añadir azul en las letras. Así fue como se publicó la edición francesa.
Esa experiencia me hizo pensar que, en algunos países, existen reglas más estrictas sobre cómo debe ser un libro infantil. Existe una idea preconcebida de lo que «debe ser» lo infantil. En cambio, en la literatura para adultos hay mucha más libertad. En Corea siento que existe una mayor libertad para experimentar en la literatura infantil, creo que esa puede ser una de sus fortalezas actualmente.
¿Cree que existen diferencias culturales entre la literatura infantil oriental y la occidental?
JJ: No creo que sea exactamente una diferencia cultural profunda. Más bien tiene que ver con la historia de la literatura infantil en Corea. En Corea la tradición del libro álbum es relativamente corta. No existe una historia muy larga en ese campo. Por eso muchos autores sienten que todavía están aprendiendo. Los autores coreanos miran lo que hacen creadores de otros países, experimentan con distintos estilos y prueban nuevas posibilidades. En ese sentido, somos un poco como pioneros que están construyendo un campo todavía en desarrollo. Esa apertura hacia otras influencias ha hecho que hoy exista una gran diversidad en la literatura infantil coreana.
Tu libro El señor Ho fue elegido para ambientar el Pabellón Infantil del Festival. ¿Qué sentiste al verlo allí y qué significa para ti que tu obra haga parte de un espacio donde los niños se acercan a la lectura y a la imaginación?
JJ: Cuando dibujo para un libro ilustrado, normalmente trabajo en un formato pequeño, del tamaño del propio libro. Por eso fue extraño ver esa ilustración del tigre en un tamaño tan grande, casi como si fuera un tigre real. Fue una sensación curiosa, como si el dibujo hubiera salido del libro y hubiera cobrado vida.
También me gustó observar cómo en ese espacio no solo estaban mis charlas, sino también conversaciones entre niños, familias y otros autores. Ver a la gente reunida allí, hablando y compartiendo alrededor de los libros, me hizo sentir como si algo que ocurre dentro de mis historias estuviera sucediendo en la realidad.
Medellín celebró el 2° Festival del Libro Infantil con tu participación como invitado especial, y durante tu visita participaste en charlas y talleres con niños y familias. ¿Qué te llevas de ese encuentro con los lectores de la ciudad?
JJ: Algo que me impresionó mucho fue la actitud de los padres. En Corea, cuando los padres llevan a los niños a una actividad, normalmente los dejan allí y se van a hacer otras cosas. Incluso cuando se quedan, no siempre participan activamente. Aquí, en cambio, los padres escuchaban la charla con mucha atención y participaban con mucho interés. Me dio la impresión de que realmente aman los libros y la literatura. Eso me emocionó mucho.
Además, cuando llegué a Medellín me sentí muy cómodo. En Corea todavía hacía frío cuando salí, aquí el clima era cálido y el cielo muy bonito. Eso me dio una sensación de tranquilidad y bienestar. Mi ciudad natal, Daegu, también está rodeada de montañas, así que de alguna manera este paisaje me resultó familiar. También me llamó mucho la atención el ambiente del Festival. Parecía una fiesta familiar. No sé si es algo propio de Medellín o del Festival de Literatura Infantil, pero sentí que la gente disfruta la literatura como parte de la vida cotidiana. Como autor, fue muy emocionante ver eso.