Michel Tarazona García, más conocido como Michi Miau, fue uno de los invitados internacionales del 2° Festival del Libro Infantil de Medellín. Artista escénico y mediador de lectura, es el creador de Bibliomichi, una propuesta que pone en juego el cuerpo, la voz y la lectura, y que desarma la idea de que leer es un acto quieto y en solitario.
Formado en pedagogía teatral en la ENSAD (Perú) y como bailarín en Danza Común (Colombia), su trayectoria se ha construido entre la escena, la educación y la mediación. Ha realizado estudios en Chile y Perú, y un diplomado en literatura infantil y juvenil en México; ha participado en procesos internacionales —incluida una beca en Suiza— y ha trabajado como docente y mediador en distintas instituciones de Lima y Bogotá. Desde 2019 dirige Bibliomichi en el Callao.
En esta entrevista conversamos con él sobre el origen del proyecto, su paso por Colombia y la manera en que entiende la lectura: no como una práctica cerrada, sino como un espacio donde también caben el juego y la pausa, y que se mueve y se transforma con quienes lo habitan.
¿Cómo empieza tu relación con la pedagogía, la danza y la literatura?
Michi Miau (MM): Yo vengo de la pedagogía, pero también de la danza contemporánea. Ahora ya no bailo profesionalmente, pero sigo trabajando con niños y niñas, mezclando la literatura infantil con la danza creativa y el movimiento. Mi relación con Colombia es fuerte. Vine por primera vez en 2006 a Bogotá a formarme como bailarín, y luego a vivir desde 2015. Trabajaba en una escuela en Ciudad Bolívar y también bailaba con una compañía. En ese momento, aunque ya tenía cercanía con la literatura infantil, no era mi fuerte: mi centro era la danza contemporánea. Pero en Bogotá empiezo a vincularme más con bibliotecas, con proyectos de mediación y con los libros álbum. Ya había leído autores de literatura infantil alemana como Janosh, Jutta Bauer y Peter Schössow. Leía y leía. Toda esa experiencia fue muy empírica al comienzo, y luego se fue fortaleciendo con formaciones como la Escuela de Mediadores.
Ahí es donde Bibliomichi empieza a salir a la calle. Yo vivía en Teusaquillo, por el sector de Paraguay, y empecé a sacar los libros que compraba. Armaba como un picnic de libros: los mostraba, hacía cuentacuentos, y la gente se acercaba. Luego BiblioMichi llega a la Cámara Colombiana del Libro. Allí conocí a una persona hermosa, Juanita, que vio el proyecto y me dijo: “esto es potente, hay que llevarlo a un festival”. Ese proyecto se llama Abriendo un libro para bailar. Entonces nos llevaron a los mediadores a mostrar experiencias en librerías y bibliotecas.
¿Qué pasó cuando el proyecto empezó a circular en otros espacios?
MM: A mí me tocó la Librería Lerner de la 93. A la encargada le encantó, y empezamos a programar más actividades. Luego participé en la FILBo virtual en 2020 con Abriendo un libro para bailar. Llamaba mucho la atención la relación entre el libro álbum, el cuerpo, el movimiento, el juego, y también esa idea de romper con la creencia de que el libro es algo sagrado e intocable. Yo hacía esto los fines de semana, cuando no estaba trabajando en el colegio en Ciudad Bolívar. Y ese trabajo con los niños me daba mucha retroalimentación: desde sus contextos, sus dificultades. Elegía libros que dialogaran con eso, por ejemplo, temas como la migración. Hay un libro, Yo no tengo miedo, que habla de desapariciones forzadas y del desarraigo. Luego llega la pandemia y me tocó regresar a Perú. Por eso para mí es tan significativo regresar a Colombia, y sobre todo que la razón sea este Festival del Libro Infantil.




¿Cómo se adaptó Bibliomichi a la pandemia y al cambio de país?
MM: Los libros me siguieron sosteniendo allá también. Busqué trabajo como profesor, pero no salía nada. Había crisis económica y no me contrataban. Entonces salí a la calle con mi maleta de libros y empecé a leerle cuentos a la gente. En una ciudad como Lima, que es más conservadora y desconfiada, salir con libros era también una forma de generar empatía y confianza. Me subía a los buses, leía cuentos con un micrófono y prestaba los libros durante el trayecto. Luego iba a los parques, me sentaba con la gente. Cuando veían un libro, la gente se relajaba. Ahí llego a la zona de Monumental Callao, un espacio que antes era considerado peligroso y que hoy es un punto de encuentro cultural. Hay un edificio de 1930 con arte contemporáneo y trabajo comunitario. Un día me paré en una esquina. Un artista que tenía su tienda me prestó una mesa, y empecé a ir todos los domingos. Después, la directora de la Casa Cultural Fugaz me dijo que le gustaba mucho el proyecto, que era muy vivo, muy distinto, y me ofrecieron un espacio. Ellos no me cobran. A cambio, yo me encargo de abrir la biblioteca.
¿Qué es hoy Bibliomichi y qué tipo de encuentros propone?
MM: Cuando pensamos en una biblioteca, pensamos que es un lugar donde se va a leer, a coger libros. Y para mí no es tanto así. Si el niño va y explora un libro, maravilloso. Pero si quiere hacer otras cosas —pintar, dibujar, hablar—, ese también puede ser el camino hacia la lectura. No se trata de forzar. Para llegar a la lectura hay muchos caminos. Hay un trabajo muy grande de deconstruir cómo trabajamos los mediadores. No solamente enfocados en el libro: hay otras formas de llegar, desde el cuerpo. A mí me pasó eso en la vida. Me ayudó, me transformó. Entonces pienso: si a mí me pasó, ¿por qué no le puede pasar a otros? Abrir una biblioteca, una BiblioMichi, también es para escuchar a las personas.
Bibliomichi ahora es para los niños de la comunidad, que es un barrio complejo. Tenemos préstamo de libros, venta, y también una bañera donde la gente puede meterse a leer, descansar o hacer la siesta. Me gusta mucho el lugar porque se encuentra todo tipo de gente: del barrio, de zonas periféricas, turistas, personas de otros sectores como Miraflores o Barranco. Todo el mundo se cruza ahí. La idea es que podamos encontrarnos a través de la lectura, de la palabra. Quiero que Bibliomichi crezca, que se vuelva internacional.
¿Cómo se construye esa manera de mediar desde el cuerpo, la voz y la lectura?
MM: Llego a los 46 años con una buena perspectiva. Me gusta haber cruzado los 40, porque la vida se ve distinta. Ya no desde la urgencia o la desesperación de decidirlo todo de inmediato, sino desde un lugar más consciente. Hoy tengo límites, pero también conservo intactas mi vitalidad, mi fe y mi esperanza en la vida. Sigo confiando en la bondad de los desconocidos. Esa confianza, esa vehemencia, esa manera de lanzarme al mundo, siguen ahí. La danza, el teatro, la música, la literatura infantil, la danza creativa, las infancias, el adulto que juega… Todo eso me habita. Y ahora llevo en la maleta un cúmulo de experiencias que recojo de aquí, las pongo juntas, las mezclo, las sigo moviendo. De ahí ha nacido una metodología, una forma de hacer que ya empecé a sistematizar: Abriendo un libro para bailar, que es una mezcla de todo lo que ha sido mi vida hasta ahora.
¿Qué experiencias han alimentado esa mirada?
MM: Colombia fue el primer país al que salí desde Perú. Viajé en bus, horas y horas, pasando por Ecuador. Llegué por la danza, pero descubrí mucho más que la danza. Descubrí la amabilidad de la gente. Después de Colombia empecé a viajar mucho. Yo bailé durante mucho tiempo danza contemporánea, pero luego empecé a cuestionarla, sobre todo la idea del cuerpo ideal. En una ciudad como Lima, donde hay muchas corporalidades distintas, me pregunté: ¿qué pasa con las personas con discapacidad? ¿o con quienes quieren bailar, pero no han pasado por esa técnica? Entonces creé una compañía para cuerpos diversos, para experiencias distintas. Duró 12 años y viajamos mucho. Fue muy bello. Toda esa mirada sobre el cuerpo y la diversidad la traigo también a la mediación. Cuando trabajo con libros, los comprendo desde esa experiencia y desde lo que me da el público. Por eso es tan interactivo.
En tu trabajo también aparece el quechua. ¿Cómo se conecta con tu historia y tu proyecto?
MM: Siempre vuelvo a eso porque mis padres son quechuahablantes y yo soy de Áncash. Cuando migraron a la ciudad, dejaron de hablarlo en público, lo escondían; pero entre nosotros lo mantenían vivo, para que lo escucháramos. Luego, con el teatro y la danza, hice un proceso de reafirmar mi identidad con lo que soy. Y en Bibliomichi también pasa: el público es muy diverso. Por ejemplo, cuando empecé Bibliomichi en Lima, me llamaron para ser mediador en una biblioteca infantil en un barrio muy acomodado. Los niños iban en condiciones económicas altas, pero iban con sus nanas quechuahablantes. Y los únicos padres que acompañaban eran extranjeros. Ahí también empecé a ver otras capas de lo que significa la lengua y la mediación.
¿Cómo fue tu experiencia en el Festival del Libro Infantil de Medellín?
MM: Me he sentido muy bien desde el primer día. El espacio es muy acogedor, las personas son muy amables, y si ha habido algo que resolver, me han ayudado. Me ha impresionado el Festival, porque vengo de una ciudad donde no se apuesta por la cultura, ni las alcaldías, ni el gobierno, ni el ministerio. Me parece extraordinario que exista y que tenga apoyo institucional. Yo hago muchas cosas con Bibliomichi, pero a veces me siento solo. Estoy súper contento, pero no me quiero quedar, porque en Perú necesitamos seguir haciendo estos esfuerzos para que estas cosas ocurran. Pero me llevo esta motivación para replicarlo.