Hormigas

Por: David Eufrasio Guzmán    David_Eufrasio.JPG

No sé si es ganar o perder la batalla pero me he empezado a tragar las hormigas que flotan en el café. Siempre estoy atento a la pantalla y cuando menos pienso ya escalaron el pocillo y se lanzaron resueltas hacia el líquido. Al principio las sacaba con la yema del dedo, aprisionándolas contra la pared de cerámica, o tiraba el café por el desagüe del lavaplatos y me servía de nuevo, pero ahora, después de tanta energía desperdiciada en mis intentos por echarlas, cada nueva hormiga que se aventura a embriagarse en mi pequeño estanque portátil de estimulación temprana tiene que vérselas con mis candelas gástricas y mis lombrices.

Una noche hace tres meses, Diana se levantó sonámbula como suele hacerlo, se comió una rebanada de bocadillo y dejó el lingote de guayaba sobre el poyo de la cocina. A la mañana siguiente lo encontré cubierto de hormigas, parecían quererlo cargar mientras enterraban sus mandíbulas en el rojo dulce. Soplé y limpié la lonja con una servilleta, la guardé en la nevera y observé a las hormigas: se dispersaron por todo el primer piso. Durante ese día las estuve siguiendo y descubrí que tenían su nido en una esquina del balcón, debajo de una matera cuya base se levantaba del piso algunos centímetros. Nunca antes las había visto en el apartamento y lo primero que pensé fue en las razones que tuvieron para abandonar su hormiguero en algún noble árbol o zona verde en medio del cemento y venir a colonizar unas aburridas paredes.

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¿Sería el aire de la ciudad, podarían el soporte del hogar, llegaría un taladro de pavimento a ensordecerlas, un depredador? O quién sabe si las atrajo alguna fragancia, asaltaron el edificio y comenzaron su peregrinación hacia este cuarto piso donde vivimos dos adictos al dulce y dos gatos que prefieren las chapolas. O qué tal que las hayan ido desplazando de todos los apartamentos a punta de veneno hasta que llegaron al último, tantas opciones… parece ser que en el mundo, donde siempre hay algo pudriéndose, también hay unas fuerzas permanentes e intocables que nos hacen mover, y que se mueven y circulan en sí mismas, por eso el planeta es redondo y está vivo, de lo contrario, si fuésemos estáticos, adquiriríamos otras formas que nos desdibujarían en polvo antes de tiempo.

Las hormigas ahora son ubicuas dueñas del apartamento. A veces, antes de saltar al café, cruzan la pantalla, recorren mis párrafos, se detienen en alguna palabra y continúan como caracteres vivientes que quieren hacer parte de otra frase, de otro pensamiento, fecundar una de estas letras, salirse libre de las márgenes. No se puede dejar una gota de piña en el suelo, una miga en el escritorio, un grano de azúcar en la mesa, todo lo invaden. Cuando quise expulsarlas con remedios caseros me di cuenta de que siempre encontraban un mejor lugar para salir adelante. De la matera emigraron a la pared, la entrada era una ranura que resané con yeso, un taponamiento que las hizo escalar al segundo piso para coronar las tablillas del techo donde ya son inalcanzables.

A veces pienso que si las hubiera dejado tranquilas en el balcón no hubieran hecho nidos en todos los demás puntos de la casa, o tal vez sí, y esa es su naturaleza, su forma de multiplicarse y sobrevivir. Son una nueva especie, las hormigas de apartamento. Las respetamos, las soplamos de los platos, pero no dejamos nada mal cerrado, ellas, como Diana cuando está sonámbula, saben hallar su alimento. También saben que son el mío.

***

David Eufrasio Guzmán fue uno de los escritores invitados durante el mes de junio a Si una lectura en voz alta… Un sueño. En el canal de YouTube de Eventos del Libro puedes volver a ver este encuentro.

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