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Carta a Juan Álvarez: La ruidosa marcha de los mudos

Por admin en Junio 13, 2019 , No hay comentarios

Juan:

Hace poco terminé La ruidosa marcha de los mudos y le confieso que tuve muchísimas peleas.

Aun días después de cerrar la última página, yo seguía renegando:

—Esta novela tiene un gran problema con la construcción de los personajes.

—Uno no sabe cuál es Mutis, cuál es Torres, cuál es Caldas… Todos son como lo mismo.

Así les dije, una y otra vez, a mis amigos de lectura de La Pascasia.

 

En cambio —pensaba yo—, Caballero y la India Nicolasa: qué hermosos personajes.

Conmovedores.

Qué historias.

Caballero: un mudo al servicio de los criollos ilustres,

de los fundadores de la Patria.

Nicolasa: una india carismática,

abusada

y engañada por un miserable.

La empatía con ellos es, todo el tiempo, inigualable.

 

Pero esos próceres, cuyas historias conocemos desde el colegio,

en este libro aparecen borrosos,

difusos,

amorfos.

Nariño estuvo preso porque tradujo los derechos del hombre,

y aquí,

esa proeza si acaso se menciona.

En su libro nos parece,

más bien,

que Nariño es un militar despreciable.

Los sabios Mutis y Caldas: una misma cosa.

¿Y Torres? ¿Qué es lo que hace Camilo Torres?

 

Yo creí, al principio, que esto era una flaqueza.

Y renegué

y renegué…

hasta que un día, gracias a la lucidez que me brinda el ejercicio de lavar los platos,

por fin,

me reconcilié con la novela.

Aún no entiendo bien qué es lo que sucede en mí cuando tengo las manos ocupadas y la mente libre.

Creo que el movimiento muscular me estimula el pensamiento:

doblo la ropa,

tiendo la cama,

arreglo mi habitación…

en general, cuando me dedico a los oficios de la casa,

 “se mueven esos piensos míos”.

 

Entonces volví al libro

y leí de nuevo el índice,

el último capítulo:

Los mismos nuestros son los peores.

Y repasé algunos fragmentos que había subrayado:

Página 207

…los otrora líderes criollos, señores nobles a los que de cerca había servido y vocales del bando por el que había arriesgado, eran un asco imposible.

Página 212

Los mismos nuestros son los peores y nadie es la patria.

La guerra. ¿Quién sabía lo que era si no ellos, los humildes? La maldita guerra.

 

Volví a leer esas frases,

una y otra vez,

y entonces entendí

que lo que para mí había sido una flaqueza era,

en realidad,

la fortaleza del libro.

 

Juan, usted lo que hace es desdibujar a los próceres y darles voz a los mudos.

Caballero es mudo, pero en toda la novela lo escuchamos.

 

Si Caballero tuviera voz,

yo creo que hablaría parecido al narrador de la novela.

Ambos tienen un estilo peculiar del habla:

sus frases parecen más anuncios que oraciones.

Dice el narrador:

Hojas rotas en legajos debajo de las piedras. El pasado craso que encima.

Y habla Caballero:

Miles de horas de arrullar cacumen con versos canturreados. Cientos de cálculos en el horizonte al frente.

Puras frases nominales: ¿será que así hablan los mudos?

 

A veces sospecho que las pequeñas notas del “cuaderno del habla” de José María Caballero Llanos son los embriones de la novela que estamos leyendo.

Y si me dicen que él es, en verdad, el narrador,

yo lo creería.

 

Al final del libro nos dicen que Caballero vivirá, para siempre, en sus “cuadernos del habla”.

Y él deja sus “piensos” anotados en un montón de legajos de papel debajo de unas piedras…

 

¿A dónde fueron a dar esos papeles, Juan?

Yo quiero creer que esos papeles conforman mi libro de La ruidosa marcha de los mudos.

 

¿Sabe qué pienso?

Usted cuenta una versión de los derrotados,

una historia de los no ilustres,

de aquellos que, como Caballero, tendremos nuestro lugar asegurado en el olvido.

 

Su novela es como un cuaderno del habla:

un homenaje a todos los mudos.

 

¿Cómo habría sido la historia si hubiera sido narrada por los mudos?

Esa respuesta nos la brinda sutilmente su novela.

Esa respuesta solo nos la puede dar la literatura.

 

Le mando un abrazo,

Danielle Navarro.

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