Adopta a un autor

Gracias Manuel Peña Muñoz

Por admin en Noviembre 7, 2019 , No hay comentarios

Marcos Duque Jaramillo
Estudiante de la Institución Educativa El Triunfo Santa Teresa, Medellín

Hace poco más de un mes, el nombre Manuel Peña Muñoz empezó a hacer eco en las aulas de nuestra Institución. ¿Quién es? ¿Cuáles son sus obras? ¿Por qué todos en el colegio estamos hablando de él? ¿En serio viene a visitarnos?

Las respuestas a estas preguntas dieron lugar a una aventura que rompió con la cotidianidad de nuestras clases de Lengua Castellana. En ellas, hablamos de Chile, y de repente se nos hizo un país vecino más cercano. Ahora, cuando este surja como tema en nuestras conversaciones, seguramente, empezaremos diciendo lo que desde esta experiencia mejor conocemos, que es la tierra natal de Manuel Peña Muñoz, el autor al que infinitamente estaremos agradecidos por el honor de su visita y por regalarnos, con la ilusión de su acogida, la oportunidad de acercarnos a sus obras y de hacer de ellas un motivo para el encuentro literario mediante la lectura individual y colectiva; para la memorización de rondas, adivinanzas y trabalenguas de nuestra tradición iberoamericana; para la representación plástica y escénica a partir de nuestras interpretaciones de lo narrado; para la indagación de aquello que nos era desconocido y nos llevó a comprender, por ejemplo, que una salamandra es también el nombre de una estufa de carbón y un alerce es un árbol que puede llegar a medir unos 40 metros.

Señor Manuel Peña, gracias por propiciar con su escritura y la promesa de su venida nuestro encuentro con algunos de sus personajes y con las realidades de sus mundos maravillosos.

Para aquellos que dejamos que un ángel nos soplara al oído, fue mágico escuchar las bellas razones por las que en Olmué se pueden llegar a ver algunos conejos rosados con ojos de color violeta como la flor del jaracandá; o por qué las mutisias tienen los pétalos manchados de rojo con la sangre de dos amantes; o por qué el duende Lily mora en el Callejón de las Hormigas y a veces regala cintas rojas a quienes las ven.

También, para quienes tuvimos la oportunidad de leer el libro Los niños de la cruz del sur, fue emocionante emprender el viaje junto a Fabián y Sandra por las aguas y a la rivera del río Baker hasta Caleta Tortel, tras la pista de una misteriosa nota atada a un globo azul que nos condujo más allá del descubrimiento de que Pablo Mendieta era el autor del enigmático mensaje; pues llegamos a descubrir que nosotros también tenemos sueños que guardamos en lo secreto, de los cuales, algunos penden ahora de estos globos que adornan la biblioteca y que son símbolo de nuestra esperanza. 

Desde luego, los más pequeños se dejaron atrapar por los juegos de palabras de Lima, limita, limón, y corearon las vocales, jugaron a ser hormiguitas, elefantes y gatos con las patas de trapo. 

Como podrá darse cuenta, tenemos motivos suficientes para afirmar que es un privilegio para nosotros el hecho de que usted esté aquí presente. La vida de cientos de nuestros compañeros y la nuestra fue tocada por su obra. Por eso, terminada la espera, lo recibimos con los brazos abiertos y lo adoptamos como parte de la familia institucional.

Hoy, queremos escuchar su voz, entablar con usted una conversación y ver cómo se abren surcos de nuevas posibilidades. Hoy, somos esos niños a los que les puede hablar “de los sauces que lloran y que a veces ríen, de los caracoles en el jardín que dejan escrita una historia de amor, de lo que cantan las mariposas cuando vuelan y de lo que dicen las piedras cuando caen al agua y dejan ondas”; pero también somos esos que quieren preguntar, por ejemplo, ¿qué tanto hay de “autorretrato” en sus obras? ¿De verdad vivió en Alemania, en un castillo donde se le apareció un niño fantasma? ¿Todavía lo inspiran “una canción, un verso, una frase al pasar, una viejecita que barre las hojas secas con un bastón”?

En fin, bienvenido y gracias por acudir a esta cita.

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adminGracias Manuel Peña Muñoz

Medellín toma vida en canciones

Por admin en Octubre 17, 2019 , No hay comentarios

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Por Juliana Pérez Sepúlveda

“¡Ah, me siento como en mi casa!”, exclamó un chico de pelo largo y rubio que apenas llegaba a la biblioteca de la Institución Educativa INEM José Félix de Restrepo. De fondo ensayaba Exitium, la banda encargada del recital para recibir al invitado.

Comenzaron a llegar los estudiantes. La biblioteca estaba distinta, se había convertido en un espacio rodeado de elementos alusivos al rock, el metal y el punk. Colgaban del techo carteles hechos a mano sobre bandas de Medellín que ellos conocían muy bien porque habían leído Medellín en canciones: el rock como cronista de la ciudad, del periodista musical Diego Londoño.

“¡Se van formando que faltan cinco minutos para la una!”, dice Cecilia, la profesora de español, quien junto al bibliotecólogo Juan Fernando Preciado, logró planear un encuentro íntimo con Diego, gracias al programa Adopta a un Autor de la Fiesta del Libro y la Cultura. Los autores son asignados de forma aleatoria a las instituciones educativas, sin embargo, en esta ocasión fue una coincidencia que Diego llegara al INEM, una institución pública en la que convergen jóvenes de diferentes municipios del Área Metropolitana, lo que la hace rica en historias y narrativas de ciudad.

Los estudiantes con camisetas de bandas, pelo de colores, pirsin, expansores, lápiz y labial negro, comenzaron a sentarse a los lados de una alfombra negra que hacía parte de la escenografía. “¡Llegó!”, grita alguien como si fuera una fiesta sorpresa. Unos corrieron a formarse. La profesora, apurada de un lado para otro, buscó al violinista para musicalizar la bienvenida. Diego entró con una sonrisa de asombro mientras se cuidaba de no caer en la alfombra. Luego encontró un  retrato suyo pintado por una estudiante. “Muy pocas personas se fijan en mis pecas”, dijo y sonrió.

Dos jóvenes, ambos de lentes grandes y camisetas negras iniciaron la presentación del itinerario. Sección uno: presentación musical. Para sorpresa del autor, los estudiantes interpretaron una canción de Unos Vagabundos, banda a la que él perteneció por varios años. Mientras la canción sonaba, se paró, grabó por unos segundos, movió la cabeza y mantuvo su sonrisa intacta.

Luego leyeron su biografía. Diego, además de escritor, es columnista de El Colombiano, presentador en un programa de televisión y ha sido productor radial en Radiónica. Mientras narraba cómo fue su proceso para ser periodista y escritor, circulaba el libro Los Yetis: Una bomba atómica a go go y su última publicación: Rodolfo Aicardi. Los chicos hojeaban los libros y algunos se detenían a leer apartados del texto.

El canto gutural de un chico y el sonido del rasgueo de una guitarra, interrumpieron para avisar que comenzaba la sección tres: Exitium, la banda de metal conformada por cinco chicos, se encargó de contextualizar al autor sobre los proyectos musicales que se gestan en la Institución.

En la sección cuatro, expusieron la línea del tiempo contenida en el libro Medellín en canciones. Se prepararon para narrar una generación que les pertenecía a sus padres. Con esto quedó claro el análisis que los estudiantes le dieron al texto, además, se dio una comprensión general del por qué los músicos de la ciudad son cronistas.

Más tarde inició el conversatorio sobre el libro. Diego contó cómo se convirtió su trabajo de graduación en el libro Medellín en canciones. Habló además sobre la gestión que hizo para encontrar una editorial que quisiera publicarlo y les explicó paso a paso lo que se debe hacer cuando se quiere publicar una obra.

¿Usted cree que el rock incita a las drogas?, ¿qué responsabilidad tiene el escritor sobre el lector? Los estudiantes no paraban de preguntar.

Una chica con la camiseta de Nirvana, preguntó cuál era el género musical de preferencia de los que menciona en el libro. “Me iría por el punk, porque mi esencia es muy punkera. Yo siento que Medellín también tiene una esencia muy punk. Creo que desde este género hay un compromiso con la ciudad muy importante, y es de ser cronistas, de tener la memoria a flor de piel. Yo siento que los punkeros han hecho una labor de memoria muy importante para narrar nuestras historias problemáticas, de guerras y conflictos”, dijo Diego.

En medio de un pogo musicalizado por Exitium, con Diego tocando la guitarra, algunos grabando, otros observando, terminó la jornada de Adopta a un Autor. Concluyeron que “aquí lo importante no es calificar al ser humano por sus gustos literarios, musicales o su forma de vestir. Lo esencial es resaltar la diversidad, aquella que permite encontrar el acontecer literario en un hecho que se vuelve realidad y supera las expectativas del lector y el autor”.  

El escritor autografió y personalizó los libros con dedicatorias especiales. El Fan Fatal se llevó un motivo más para seguir escribiendo.

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Juliana Pérez Sepúlveda: participante del XXVII Seminario de Comunicación Juvenil. Nací en Medellín un 3 de septiembre de 1996. Estudio Comunicación Social y Periodismo en la Universidad Católica Luis Amigó. Estudio teatro en la Corporación Cultural Teatro Galeón. Me he enfocado en el periodismo cultural y la gestión de proyectos culturales. Soy manager de un proyecto musical llamado Martha la Mata. He escrito sobre música en el medio digital Blendex Reports.

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adminMedellín toma vida en canciones

La mujer que mira los guayacanes

Por admin en Octubre 17, 2019 , No hay comentarios

Esther 2 (1)

Por Luisa Fernanda Orozco Valencia

“El autor: un autor es como un dios capaz de avivar el corazón con los libros y las tierras que hacen con amor. Viajan en el tiempo entre suspiros e imaginación dándole vida a los personajes pues es su labor. Tanto se divierten escribiendo que se olvidan de su vida y del mundo en el que habitan”, consignaba un cartel rosado pegado en la entrada de la Institución Educativa República de Honduras. Esther Fleisacher, escritora y psicoanalista, era el motivo de la decoración.

Enclavada en la Comuna 2 de la zona nororiental de Medellín, la Institución Educativa República de Honduras se levanta con tan solo dos pisos de altura sobre el barrio Santa Cruz. Actualmente, la mayoría de los estudiantes viven en Sinaí, invasión de estrato bajo, donde la desnutrición, el empleo informal, la baja escolaridad y el analfabetismo son algunas de las problemáticas más comunes. Gran parte de las casas han sido construidas en madera y los miembros de la comunidad subsisten gracias a los ingresos que generan con el reciclaje, las ventas ambulantes o en pequeñas industrias.

A las once de la mañana comenzó el recorrido por la Institución que desde hace dos años participa en Adopta a un Autor, una iniciativa promovida por la Secretaría de Cultura Ciudadana, en la que libros de un determinado autor son entregados a los colegios inscritos para, al final, programar una visita. Esther ya había visitado otros dos colegios. “Cada experiencia ha sido diferente”, decía ella. Esta vez, varios ejemplares de La risa del sol, publicada en 2011, fueron entregados para la lectura de los estudiantes.

Mábel Rodríguez, bibliotecóloga del colegio, llegó poco después junto a las profesoras Maribel Ocampo, Diana Carolina Zapata y Beatriz Elena Vélez. Las cuatro mujeres invitaron a Esther a la biblioteca en el segundo piso. Las paredes de las escaleras estaban cubiertas con los retratos que algunos niños hicieron de la autora, adornados a su vez por frases de escritores célebres y proverbios orientales. Del techo del segundo piso colgaban fotografías de los estudiantes, junto a papeles coloridos y de todos los tamaños que contaban momentos de sus vidas y el agradecimiento que sentían con Esther.

“Los niños no podían creer que alguien con el apellido Fleisacher pudiera haber nacido en Colombia, ni mucho menos vivir en Medellín”, explicaba Maribel. “Cuando nosotros les dijimos que usted iba a venir, varios de ellos no creían”.

Esther Fleisacher tiene hacia el lado derecho de su rostro, un mechón morado que permanece inmóvil en medio del cabello blanco que no cae por completo sobre sus orejas, sino que se va hacia los lados en forma de rizos despreocupados. No es en exceso tímida, contrario a lo que se creería por su figura o por la amabilidad de sus facciones. Cree que en este momento de la vida se encuentra en una etapa de recogimiento. “Escribir es una necesidad para mí”, decía. “Ahora mismo estoy descansando. Como acabo de publicar mi último libro, Donde se estrellan los pájaros, quiero pausar un momento las cosas”.

La autora recorrió salones con niños y niñas de todas las edades, comenzando por décimo y once, continuando con quinto y sexto. ¿En cuántos países ha estado? Respuesta fácil para contar con los dedos. ¿Qué la motiva a escribir? Muchas cosas, no había una sola. ¿Y qué tanto de lo que usted escribió en su libro fue verdad?, Esther dudó. “Lo primero para decir es que Tania no soy yo, Tania es un invento. Varias de las situaciones del libro fueron inventadas, pero otras sí me pasaron. Mi familia sí es europea, y ellos tuvieron que venir a Colombia gracias a la Segunda Guerra Mundial. Yo no crecí en una familia de lectores. En mi casa la lectura no era importante. Era importante que estudiáramos, que ganáramos el año. Yo le cogí amor a la literatura por las historias que me contaban mis abuelas”, respondió la escritora.

Su padre nació en Rumania, hoy Ucrania, y su madre en Egipto. Ella nació en Palmira, Valle. Además de español, sabe hablar hebreo y un poco de inglés. Tiene dos hijas. Cuando le preguntan por un libro o una película favorita prefiere no responder. Su forma de expresarse cambia cuando se le pregunta por el cine, es otra Esther diferente a la que, parada frente a un grupo de niños y jóvenes, responde preguntas sobre su vida.

Antes estudiaba Psicología en la Universidad San Buenaventura, pero luego entró a la Universidad de Antioquia y completó su carrera aprovechando la autonomía económica que ganó al empezar a trabajar tras la muerte de su padre. El psicoanálisis es aquello que, desde la mañana hasta determinadas horas de la tarde, la ocupa día a día en su consultorio.

Las tres pasas, Donde se estrellan los pájaros, La risa del sol, Flor desfigurada, Cable a tierra y Gestos hurtados son el total de sus libros publicados. Fue editora de la Universidad de Antioquia y de EAFIT. Ahora solo se concentra en sus citas en el consultorio porque, según ella misma afirma, “uno también tiene que subsistir de algo”.

Tras la proyección de un video, algunos niños se organizaron en fila frente a Esther y, reuniendo fuerzas con miradas indecisas y balanceos del cuerpo, se dispusieron a recitar de memoria algunos de los poemas de la autora. Poemas de amor desfilaron en la boca de los niños quienes, con pocos tartamudeos, recibieron muchos aplausos. Incluso una niña reunió todo su valor para recitar un poema que se notaba había sido escrito por ella. “A mí la poesía me gusta, pero uno tiene que admitir sus fuertes, y el mío es la novela o, en su defecto, el cuento”, confesaba Esther momentos atrás, sin que muchos pudieran escucharla.

Concluída la actividad, la jornada también terminó para aquellos que en República de Honduras estudiaban durante la mañana. El rector, el personero estudiantil y dos de los estudiantes llegaron más tarde para ofrecer un almuerzo en el que Esther respondió tantas preguntas hasta el punto de distraerse y terminar siendo la última en acabar su comida.

“Es muy raro ponerse el disfraz de escritor. Yo no soy una figura pública, y mi objetivo no ha sido venderme como una mercancía para que mis libros le lleguen a la gente. Lo que a mí me interesa es llegarle al lector para que, aunque no sea de forma masiva, quien los lea se vea atraído e identificado con las historias. ¿Qué me gano yo con que mis libros sean publicados pero no leídos?”, confesaba Esther en la mesa del almuerzo.

Muchas experiencias de los niños y niñas de República de Honduras llegaron hasta los oídos y manos de Esther en forma de relatos narrados y cartas a pulso. Uno de los retratos de las escaleras que Maribel había escogido, junto a una cartelera con más frases, terminó convirtiéndose en el souvenir que la autora se llevó para su casa. “Fueron tiempos muy cortos para estar con cada quien, entonces uno siempre tiene que medir sus respuestas”, decía Esther, “pero lo más importante es que, de la historia que yo conté, los niños empezaron a contar muchas más y eso me parece muy bonito”.

La luz de un guayacán, que sobrevivía a una de las tantas tardes lluviosas que sobrecogen a Medellín, dio la despedida a la jornada. “Los guayacanes están florecidos en esta época del año, qué bonito”, dijo Esther. La imagen del árbol amarillo, que yacía solitario en una colina color pastel entre camiones de construcción y pedazos de concreto para carreteras, se asemejaba a la portada de La risa del sol.

He ahí la diferencia entre quien mira las hojas de un árbol y quien las pasa de largo, con miradas clavadas en edificios. Solo una mujer que se fija en el amarillo de los guayacanes puede evocar tal reacción entre personas de múltiples edades dentro de una comunidad educativa. Esa es la característica última de la literatura, e incluso su más ambicioso deseo. Al fin y al cabo, ¿no es un guayacán la risa misma del sol?

Instantes atrás, con risas, fotos y recomendaciones editoriales, los mismos que habían estado presentes durante el almuerzo, despidieron a Esther con un beso en la mejilla y un abrazo sostenido. Ahora ella se dirigía a su casa, pero el guayacán que fue sembrado en República de Honduras permanecerá sin fecha de caducidad, pues sus estudiantes ahora conocen la posibilidad de contar sus historias a través de la literatura, como también saben de la existencia de escritores de apellido Fleisacher que nacieron en Colombia y viven en Medellín.

Esther Felisacher (1)


 

Luisa Fernanda Orozco Valencia: participante del XXVII Seminario de Comunicación Juvenil. No cree en extremos sino en mitades. La eme es su letra favorita. No confía en el horóscopo. Su nombre le parece un tanto ordinario a la hora de idear una firma. Viene de una familia de profesores, ingenieros y artistas. Escogió el periodismo como carrera por el pajazo mental que tristemente representa Gabriel García Márquez, pero terminó concluyendo que si iba a tener un horario de 8 a. m a 4 p. m., el periodismo era lo único que se podía aguantar. Cayó en la cuenta de sus diecinueve años cuando, sola en la cocina, se encontró a sí misma cantando “Sortilegio” de Aterciopelados, canción que juró detestar por el resto de sus días porque era muy vieja y su letra no tenía sentido. Ergo, su banda favorita es Aterciopelados. Los círculos son su figura favorita. La escritura es su círculo: cree que está condicionada a iniciar, terminar y volver a repetirse sobre ella.

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adminLa mujer que mira los guayacanes

Adoptar a Mejía

Por admin en Octubre 16, 2019 , No hay comentarios

Juan Diego Mejía 1 (1)

Por Julio César Orozco Ospina

El auto que debe llevarnos a la Institución Educativa La Salle de Campoamor, en la Comuna 15, nunca llega. Debo recoger a Juan Diego Mejía en el Claustro de San Ignacio, Centro de Medellín. Tomo el primer taxi que aparece. Unos minutos antes de recogerlo, he leído un breve perfil que le hizo Esteban Duperly sobre su última novela para la Revista Arcadia. La descripción que hace coincide perfectamente con mi primera visión: “mangas de la camisa dobladas hasta los codos, jeans —la camisa dentro de los jeans— y anteojos para ver. Nada más”. Esta vez algo más: un morral de universitario, elegante y pequeño.

Vamos bien, no hay problema, dice al entrar al carro. Mejía es un hombre tranquilo que siempre conserva el tono cálido y reflexivo al hablar, al escuchar y al conversar. Apenas se acaba de enterar que voy a acompañarlo a su encuentro con el programa Adopta a un Autor, entonces comienza a entrevistarme, a preguntar por los jóvenes de Medellín, por los programas para la juventud y por la Secretaría de la Juventud. Yo intento cambiar, rápidamente, la orientación de la entrevista, le explico que esta vez yo soy quien ha pedido acompañarlo como parte de la articulación entre la Fiesta del Libro y el Seminario de Comunicación Juvenil, donde muchos jóvenes de la ciudad, gomosos o estudiantes de periodismo y comunicación, han acompañado a una veintena de escritores en sus visitas a escuelas y colegios de la ciudad.

Paradójicamente, esta es la primera vez que una institución educativa de Medellín adopta al autor Juan Diego Mejía, pues, por su cargo de director de la Fiesta, no se sentía cómodo con esa especie de autoelogio. Desde luego, me aclara Mejía, no es la primera vez que un colegio lo adopta. Ya ocurrió once años atrás, en Guadalajara, México, cuando fue invitado junto a otros escritores colombianos a la que se considera la más importante feria del libro en español. Allá conoció la estrategia en 2007, pero solo cinco años más tarde se hizo posible con Mejía como director de la Fiesta del Libro de Medellín.

Falta poco para llegar. Los muros y las calles de esta Medellín estrecha le sirven de telón para recordar sus días en Guadalajara. Dentro de la Feria yo vi que tenía, además de la presentación en el stand de Colombia, una visita a un colegio. El día de la visita me recogió en su vehículo el ingeniero Paulo, quien era el rector. Recuerdo que hablaba como si conociera lo que yo había escrito. Antes de llegar al colegio, rebajó la velocidad del auto y me dijo que mirara los muros. Leí en uno el nombre ‘Juan Diego’. Creía que se trataba del indio Juan Diego, al que se le apareció la Virgen de Guadalupe. Luego vi una pintura en otra pared, pero esta vez se trataba de mi rostro.

¿Por quién debemos preguntar? Me interroga Mejía al llegar a la entrada. Por Martha Castillo, le aclaro, debe ser la profesora de Español. Como casi todas las instituciones educativas que conozco, el edificio está rodeado de grandes muros, blancos y fríos, como lo es también la puerta de hierro que sirve de entrada y que confiere al conjunto el aspecto de una institución carcelaria. El vigilante, cual guardián supremo, se hace esperar y nos da a entender que tiene el total dominio de cuanto deba ocurrir. Estos seres me recuerdan siempre la idea de aquel otro guardián de Kafka, Ante la Ley.

Entramos. En el hall, en los corredores y por todo el piso hay huellas de papel con el nombre seccionado de Juan-Diego-Mejía. En el patio principal están sentados los estudiantes de noveno y décimo, quienes esperan con carteles de bienvenida.

La profesora Martha nos presenta a la rectora, el coordinador, los demás profesores, y a Gloria, la bibliotecaria. Advierte que los muchachos están muy emocionados, que han esperado con ilusión la visita, que casi todos han leído El cine era mejor que la vida.

La rectora toma el micrófono y saluda. Le dice al escritor que está en un colegio público de 1.400 estudiantes, y que siempre están arriba: en las pruebas, en rendimiento y en disciplina. Luego lo presenta al público. Revela que es egresado de la Universidad Nacional, que es un matemático duro y saca el pecho por los muchachos que han pasado a la Nacional y a la de Antioquia. Las públicas, las mejores, dice.

Mejía saluda y empieza a contar la misma historia que escuché en el taxi. Luego vienen dos estudiantes, Ana María e Iván, y se lo llevan a un recorrido por las instalaciones del colegio. Le cuentan sobre los hermanos de La Salle, fundadores de la Institución. Mejía les recuerda a los pelaos las épocas en que eran muchos los jóvenes sin futuro en Medellín. Los mismos que iban del salón al matadero. De pronto ve una puerta abierta y se mete a la biblioteca para hablar con Gloria y le pregunta qué leen los muchachos, si escriben, si hay talleres de lectura, y se reconforta cuando descubre que prefieren las obras fantásticas y de terror, y poco las de Paulo Coelho.

En las paredes hay frases sacadas de sus cuentos y novelas, y a la entrada de la biblioteca algunas fotos mal impresas con portadas de algunos de sus libros, en que Mejía se ve un poco achatado y regordete. Me parezco a un tío mío, ríe el escritor que algo sabe de publicidad y diseño.

Llegamos al auditorio. Un grupo de estudiantes aguarda en silencio la entrada de Mejía. Lo reciben con aplausos y una canción de Frank Sinatra que evoca una página de un libro suyo. Todo cuidadosamente calculado. Al fondo se ve la mesa decorada con bombas, carteles y pequeñas cámaras cinematográficas de cartón. En la pared hay un retrato grande con el rostro de Mejía que, como es costumbre en estos encuentros, ha dibujado el estudiante más talentoso del colegio.

Como si se tratara de un acto único e irrepetible –y quizá lo sea– una estudiante se apresura a leer los puntos del programa que han de ser desarrollados con rigor. Otros jóvenes coordinan el audio y la grabación en video, alguien más ha hecho una presentación en power point del autor, los futuros periodistas alistan sus agudas preguntas, e incluso una bella estudiante, de larga cabellera y ojos alegres, tiene el encargo de atendernos con bebidas y frutas para hacernos la conversa más grata.

Mejía invita a sus entrevistadores, Miguel y Tomás, a que tomen asiento a su lado y les pide que pregunten libremente.

Nos llama la atención –inicia Miguel– la manera con la que se habla del mundo cotidiano en la Medellín de su infancia. Es curioso cómo se han transformado tantas cosas que a la vez resultan comunes. ¿Qué ha cambiado? ¿Todo antes fue mejor o peor?

Entonces Mejía comienza a hablar de su vida. Rememora esa Medellín de finales de los cincuenta, comienzos de los sesenta, en que transcurre su infancia. Manrique, donde están la familia y los primeros amigos; Guayaquil, aquel lugar donde su padre tenía un almacén, mientras él iba de visita y se hacía amigo de ladrones y prostitutas; el colegio San José, en Villa Hermosa, donde escribió sus primeras cartas de amor y descubrió su vocación de escritor.

Ya Mejía ha dicho casi todo de su vida, casi todo de su pasión por la escritura. Pero los alumnos quieren más y más: qué lecturas han nutrido esa pasión, qué hay que leer, por dónde comenzar. El autor se acomoda una vez más las gafas, se pasa la mano derecha por su blanca cabellera y responde: Uno se enamora de los libros y quiere quedarse con ellos cada mañana. De Cien años de soledad me aprendí muchas páginas de memoria, es un libro que uno quiere llevarse consigo. Quiero mucho la Rayuela y los cuentos de Cortázar, a veces termino hablando como sus personajes. Pero también creo mucho en autores colombianos como Tomás González, el de Primero estaba el mar; Octavio Escobar, el autor de Después y antes de Dios, o Laura Restrepo con Delirio o La novia oscura.  Si me dicen que me van a meter preso 10 años, ya tengo la lista de los 100 libros que me quiero llevar.

¿Y cómo escribir? Insisten los estudiantes.

Escriban, inténtelo. Eso no es para otra gente. Aquí puede haber otra gran escritora, un gran periodista.

Antes de terminar, los estudiantes se paran en frente para hacerle preguntas de El cine era mejor que la vida. Como suele ocurrir con la presentación de todo libro, cada lector ha hecho su propia lectura, entonces han construido su propia historia. Mejía, ¿por qué el protagonista principal no tiene nombre?, ¿por qué nunca se encuentra con Evalú, su amante?, ¿por qué ese final tan abierto?

Mejía vuelve a sonreír. ¿No les ha pasado que desean mucho una cosa y piensan: “qué tal que cuando ya la tenga me decepcione”? Me preocupa también que la felicidad sea tener un algo y ese algo nunca llegue, como la rayita del horizonte en el mar. Prefiero aquello de: voy hasta un punto y me devuelvo, para así no quedarme sin ilusión. A mí me gusta el final abierto. Creo que eso es lo que uno busca, que el libro siga vivo con cada lector.

A pesar de tratarse de una conversación seria y trascendente, de esas que parecieran destinadas al mundo adulto, los jóvenes de la I.E. La Salle no se han movido de sus asientos. Entonces la rectora entra para dar las gracias y anunciar que es hora de dejar ir al escritor. Es el momento de despedir a Mejía. Le entregan “un pequeño detalle” que él pide abrir. Al interior hay un folleto de la institución, un pocillo que lleva su nombre y su imagen. Luego viene el momento para la foto, la firma de una docena de autógrafos –algunos para libros sin dueño aparente–, y enrollamos el retrato que todos esperan que Mejía enmarque y ponga en un lugar visible.

A la salida del colegio, después de un corto almuerzo, Mejía me pregunta cómo me ha parecido todo, pero dejo que él mismo conteste. Muy chévere, me sorprende que no estaban aburridos, que hacían buenas preguntas. Creo que algo les quedó. Le respondo que el encanto de Adopta a un Autor es que, contrario a lo que ocurría con las pasadas generaciones, que solo leímos a gente muerta, los jóvenes de hoy tienen el privilegio de leer a los vivos y de vez en cuando encontrarse con alguno de ellos.

Vamos casi en silencio en el viaje de regreso, creo que Mejía anda pensando en su próxima novela. La mañana ha de haberle servido para confirmar su sospecha: necesita tiempo.

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Julio César Orozco Ospina: comunicador social y periodista, abogado y máster en filosofía. Se desempeña como docente de periodismo de la Universidad de Antioquia y, actualmente, es el coordinador del Observatorio de la Juventud de Medellín y del Seminario de Comunicación Juvenil.

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adminAdoptar a Mejía

Lucía Donadío y sus pequeños lectores

Por admin en Octubre 16, 2019 , No hay comentarios

Lucía D 2 (1)

Por Juan Carlos Cano Toro

“Estos cuentos los escribí para personas de otra edad, gente que ya pasó por su infancia, los escribí como un medio para que el lector vuelva en su memoria a esa etapa de su vida. No sé cómo los recibieron los niños que aún viven en esa época”, relató Lucía Donadío mientras recorríamos Buenos Aires en auto. Aunque ya había vivido la experiencia de Adopta a un Autor, esta era la primera vez que niños de primaria adoptaban, leían y releían sus obras.

Lucía es antropóloga de la Universidad de los Andes. Tiene un diplomado en Literatura del Siglo XX. Escribe poesía y prosa, y es la directora de Sílaba Editores.

Llegamos a la Institución Educativa Arzobispo Tulio Botero Salazar. Los encargados de su visita la llevaron hasta la biblioteca a esperar que los niños estuviesen listos para recibirla. En la entrada, justo en la mitad de una columna, había una enorme cartelera adornada con dibujos sobre sus cuentos, fotografías y una frase en el centro con las palabras “Lucía nos envuelve en sus relatos”.

Mientras esperaba en la biblioteca, filas de niños caminaban hacia el auditorio. De vez en cuando uno de los pequeños miraba hacia la biblioteca y notaba la presencia de la escritora. De inmediato rompía filas y gritaba emocionado ¡Lucía! ¡Lucía! Con dificultad, los profesores lograban contenerlos antes de que llegaran a la biblioteca, otros, con más astucia que altura, conseguían burlar a los adultos y conocer anticipadamente a la invitada. Una de ellas se llamaba Paula, una pequeña de 11 años que, según la bibliotecaria, era una devota lectora de los cuentos de Lucía. Cuando llegó el momento de saludarla, se quedó muda y miraba a la autora como quien observa a una celebridad que creyó nunca conocer.

En el auditorio, decorado por decenas de ilustraciones, Lucía fue recibida por las hadas de las palabras, un grupo de profesoras y alumnas de primaria que, disfrazadas de hadas, acompañaron a Lucía entre aplausos y gritos hasta la primera fila del auditorio. Allí se encontró con un grupo de estudiantes que le dieron la bienvenida mientras recitaban algunos poemas de su libro Los ojos que me nombran.

Después de un pequeño recital de poesía, llegó la música de manos de Gilberto Quintero, una vieja gloria de la música que tocaba en una banda ya extinta llamada Los graduados. El auditorio se convirtió en una fiesta tomada por los alumnos, quienes coreaban junto a Lucía la letra de la canción Piel Canela. “Antes de venir me llamaron y me preguntaron qué música me gustaba, pero no mencionaron que era para traer música en vivo”, dijo Lucía en medio de risas.

Una vez terminada la intervención musical del saxofonista, proyectaron el cuento Grito, llevado al teatro por los estudiantes de la institución, y un video con fragmentos de diversos estudiantes y profesores leyendo Abecedario de infancia, una colección de cuentos de la escritora de hace más de 12 años, publicado por Sílaba Editores.

Una vez terminaron los videos, Lucía se paró y se sentó en un borde de la tarima del auditorio justo frente a los estudiantes, y los invitó a que se acercaran a hacerle preguntas. Todos corrieron a hacer fila. En un principio fue una masa caótica: todos corrían y se empujaban, pero después de un rato, los profesores lograron ordenar una fila para no ahogar a Lucía. Llovieron preguntas de toda índole. Los estudiantes querían conocer sus motivaciones para escribir aquellos cuentos que ahora estaban en las estanterías de los pequeños. Qué le gustaba hacer además de escribir. Qué se sentía ser un escritor.

La última en preguntar fue Paula, la niña que minutos atrás se había acercado en la biblioteca. “¿Si usted fuese un libro, qué libro sería?”, preguntó con voz dudosa. Lucía lo pensó un poco y respondió en un tono dulce y comprensivo “Si yo fuese un libro… sería un libro que hable sobre el mar”.

Al terminar las preguntas, Lucía habló sobre sus libros, sobre cómo hace 12 años las letras llegaron de a poco, en las madrugadas, para convertirse luego en Alfabeto de infancia. Leyó varios de sus poemas, algunos pedidos directamente por los estudiantes. Habló sobre su libro Cambio de puesto y sobre la experiencia que fue superar la muerte de un ser querido a través de la escritura.

Después, un pequeño se le acercó con una hoja de papel y un lápiz, y le pidió su firma en esa hoja para tenerla de recuerdo. Segundos después se formó una fila de niños ansiosos por tener la firma de Lucía en sus cuadernos. “Fue muy bonito, nunca me había pasado que en los colegios me pidieran firmarles lo que ellos mismos escribieron. Incluso el primer niño que se me acercó me pidió dos firmas, una para él y otra para la mamá”, contó conmovida.

Al final de la jornada, entre lecturas y abrazos, todos sentimos que el tiempo no había alcanzado. “Me habría gustado acercarme más a ellos, que vieran que un escritor no es un ser que está en lo alto y que es inalcanzable. Pero no alcanzó, en estos casos siempre falta tiempo” dijo Lucía Donadío mientras dejábamos atrás la institución.

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Juan Carlos Cano Toro: estudiante de Periodismo, Universidad de Antioquia.

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adminLucía Donadío y sus pequeños lectores

Selnich Vivas: el profesor, el escritor, el roraima

Por admin en Octubre 16, 2019 , No hay comentarios

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Por Jorge Andrés Londoño Ceballos

-¿Qué es un roraima?- tengo tiempo de preguntarle a Selnich Vivas, mientras el conductor contratado por Fiesta del Libro, confundido por una dirección errónea, da vueltas por Castilla buscando la Institución Educativa Sebastián de Belalcázar, que esta mañana adoptará al profesor y escritor antioqueño. “Se formó como roraima en comunidades minika del Igaraparaná bajo la orientación de sabedores y abuelos”, dice en las memorias del XXVIII Festival Internacional de Poesía de Medellín, al que Selnich fue invitado.

Ror: palabra interior; airama: el que aprende, enseña, comparte. También puede entenderse como cantor.
– ¿Coincide con lo que, genéricamente, llamamos “chamán”?
– No, no… la palabra de poder es rafue, quien la tiene es el rafuenama. Yo no tengo los dones de sanación.
– ¿Puede esta palabra, roraima, abarcar las actividades que realiza en sus múltiples facetas?
– Creo que sí, a fin de cuentas los escritores y profesores son personas que comparten la palabra.

“Llegó, llegó”, murmuran algunos de los estudiantes que lo esperan apostados en un balcón. Selnich los ve a través de una ventanilla en la puerta principal del colegio. “Ahí está mi nombre en unos letreros”, dice repentinamente entusiasmado, nervioso. Entre antorchas encendidas, máscaras y dibujos alusivos a sus obras, cerca de 70 niños lo esperan en el auditorio. Lo reciben efusivamente, y luego en contraste, guardan silencio. Selnich se sienta en un bloque de paja, a la diestra de su retrato enmarcado en hojas secas. Se lleva a la boca una cucharada de mambe y se une al silencio.

Como de costumbre en los actos cívicos, una colegiala lee el orden del día. El primer punto es un video llamado Recreando a Selnich Vivas. Sobre una versión new age de “El cóndor pasa”, con batería y bajo, pasan fotos de los estudiantes realizando manualidades, que se alternan con fragmentos de los textos de Selnich que leyeron y representaron.

Luego del video los estudiantes entonan el himno de la Institución Educativa con la firmeza reverencial de soldados que rinden honor a la bandera. Cicerón Perea, rector, le da la bienvenida oficial al escritor invitado y exalta la labor de Yuliana, la bibliotecaria, cuya gestión permite por segunda vez la llegada de un autor a las aulas del Belalcázar.

“Cuarto: poema”. Mateo Sánchez lee su poema Raíces, que escribió inspirado en Finales para Aluna, novela que imagina cómo hubiera sido una Europa colonizada por pueblos nativos de América. “Siento que tengo sangre indígena”, dice un verso del poema. Selnich sonríe, conmovido. Al terminar, Mateo se levanta para entregarle el manuscrito del texto, le extiende la mano, pero tal gesto no corresponde a la emoción del autor adoptado, que abraza sentidamente al joven poeta.

Por fin habla el roraima. Saluda en minika y casi de inmediato el micrófono falla afectando un tanto la solemnidad del momento; sin embargo, hay tal suspenso que puede continuar sin amplificación. Luego traduce al castellano: “En este momento mi corazón se siente muy feliz porque los hijos de la madre han regresado con sus cantos y palabras para celebrar la vida”. Canta, primero sentado, después se levanta y marca un tiempo uniforme con pasos acentuados que avanzan sobre las baldosas como palmas sobre un llamador. Invita a los presentes y se une la mayoría hilando una serpiente. Se envuelve sobre sí la danza y forman una espiral que se va cerrando en un gran abrazo. Pasos cada vez más cortos, a punto de alcanzar su masa crítica. El abrazo se rompe en medio de gritos que desembocan en risas.

“Los abuelos nos enseñan que la palabra sana cuando cantamos y danzamos juntos agradeciendo la vida. No tenemos que correr, podemos tener una pausa y danzar. Queremos volver a ser familia”, dice Selnich, volviendo al castellano. Explica que el deber que le transmitieron es compartir la palabra y la medicina que recibió de los mayores. Así, además del canto, entrega semillas de cacao y maní, envueltas todavía en su cobertura vegetal, y pide que se las pruebe con prudencia y respeto. Su sabor no es el del chocolate y el maní de paqueticos; en su forma natural, sin azúcar ni sal añadidos, son memoria del origen y esencia de lo femenino.

Cumplido el saludo, se abre paso a las preguntas. Selnich preferiría hablar sobre la amazonía, pero la primera pregunta es sobre su proceso en Alemania. El traductor contesta en alemán, lo que de nuevo suscita el silencio arrobado de los oyentes: “Me sentía indefenso porque no entendía, pero fui descubriendo la alegría de otros sonidos. He descubierto que mi cuerpo necesita muchas lenguas”.

¿Qué lo impulsó a ser escritor?

Cuenta que a los ocho años se entretuvo leyendo y olvidó su misión en un robo, alertar a una pandilla en caso de que llegara la policía, que en efecto llegó y se llevó a sus compinches. Se sintió salvado por la literatura y decidió dedicarse a ella. Luego agrega: “Yo quiero ser poeta para quedarme del lado de la vida; me inspiró su valor y la posibilidad de gozarla”.

¿Qué lo llevó a interesarte por lo indígena?

De  nuevo en su salsa, el roraima responde cantando. “¿Qué mujer quiero ser? ¿Quiénes queremos ser?”. El profesor cuestiona a los niños, los exhorta a pensar en la historia de este país, contada desde la perspectiva europea, que nos define como occidentales: “las perspectivas afro e indígenas son importantes, también somos afro e indígenas”.

¿Por qué quiere enseñar?

El profesor recuerda que leyendo a Hegel, un gran filósofo, encontró que los africanos e indígenas eran considerados bestias que debían ser evangelizados. Se incomodó mucho por estas ideas, y abandonó la ruta que aún hoy supone que en América Latina no hay grandes filósofos y artistas. “Nosotros hacemos ciencia a través de las lenguas africanas y ancestrales americanas: ¿por qué vamos a pensar que solo el inglés es ciencia? Es hora de cambiar la historia”. Por esta vía continúa su cuestionamiento de la vida occidental, y los marcos a través de los cuales se impone. Dice, por ejemplo, que la “blancura” del agua es otra mentira de la ciencia, que hay aguas verdes, rojas y amarillas que también pueden beberse.

A propósito de Carátula, cuento que leyeron en el Belalcázar y que hace parte del libro Contra editores, una profesora pide la palabra para comentar las dificultades que tuvieron con los nombres de los personajes, que están en japonés. “No estoy de acuerdo con que mis personajes se llamen Luis, Pedro, Pablo o María”, contesta el autor. Relata que el cuento surge de la convivencia con un coreano y un japonés, que le permitió conocer los conflictos entre estos pueblos y cómo se reflejan en la vida cotidiana de las personas muchas generaciones después. “Somos hijos de esta época, pero podemos habitar en otra. La literatura es un desafío fantástico que permite vivir y pensar en otras épocas.

¿Cuál es su libro favorito?

En coherencia con su apuesta como escritor, el gusto literario de Selnich tiene favoritos en muchos idiomas. Recomienda la lectura de “Nacimiento, vida y muerte de un sanandresano”, de Lolia Pomare (narración oral con versión escrita de Marcia Dittmann), en creol; de “Pétalos de sangre” de N’gugi wa Thiong’o, escrito  en kikuyu (Kenya) y la obra poética de Paul Celan, en alemán. Sobre la literatura que se escribe actualmente en Colombia dice que tiene demasiada silicona y droga, desconoce la historia y constituye un objeto de consumo. Sin embargo, la publicación de escritores como Vito Apushana y Fredy Chikangana representan un cambio en Colombia.

Vivas le explica a los niños que los viajes ayudan a entender cosas que no se entienden en un solo lugar, así como hay cosas que no se pueden decir sino con la ayuda de otras lenguas. Inquietos por el tema de los viajes, un niño le pregunta por los peligros que ha enfrentado. Les cuenta que una vez, por descuido, dio un machetazo al árbol en que vivía una tarántula, y esta reaccionó cubriéndolo de un millar de vellos imperceptibles que penetraron su piel y se convirtieron en larvas. Los niños sintieron escozor al imaginar las larvas recorriendo el cuerpo por debajo de la piel. Un abuelo de la selva lo cubrió completamente con un ungüento negro, que no pudo quitarse durante 15 días, y así lo curó.

Nuevamente lejos de la literatura, la conversación da rápidamente sus últimos pasos: la vida familiar de Selnich, su dieta, su visión de la muerte y la de los pueblos ancestrales, la forma de dormir en la selva… El tiempo apremia y uno de los estudiantes más grandes da por terminado el conversatorio. Un grupo de niños le pide al roraima que, antes de irse, dancen otra vez. Algunos huyen, cansados o avergonzados. Los que se quedan forman nuevamente la serpiente y al ritmo de sílabas minika serpentean en espiral hasta formar la masa crítica de un abrazo que se rompe entre gritos y risas que dan por terminado el encuentro.

El escritor agradece: siente que los niños le han dado vida para seguir escribiendo, y se lleva consigo el retrato y las decenas de libretas, dibujos y objetos que ellos hicieron para homenajearlo.

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“Bajo la bandera imperial, donde estaba entretejida el águila bicéfala, y al grito bélico de “¡Santiago!”, que significaba muerte para los nativos de América, avanzaron los guerreros españoles”. William Ospina, América Mestiza. El país del futuro.

Por las tierras de Pasto, Popayán y Cali, dirigió la conquista Sebastián de Belalcázar. Selnich no advirtió que el nombre del colegio que lo adoptó rinde homenaje a un conquistador. La paradoja hubiera sido buen tema de conversación.


 

Jorge Andrés Londoño Ceballos: participante del XXVII Seminario de Comunicación Juvenil. Medellín, 1990. Politólogo de la Universidad Nacional de Colombia. Actualmente es mediador en territorio del Museo de Antioquia, en el proyecto Memorias del agua. Su libro Solombra (Hilo de plata editores) fue ganador en 2017 de la Convocatoria Pública de Cultura y Patrimonio de Antioquia, en la categoría creación poética.

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adminSelnich Vivas: el profesor, el escritor, el roraima