Juan Calzadilla: el nuevo mundo entre Colombia y Venezuela

Por admin en Septiembre 17, 2016 , No hay comentarios

Por: José Daniel Palacios

El silencio comenzó cuando el alcalde bajó las escaleras del auditorio del Planetario. De esa forma, saludando con su calidez característica a algunos cercanos a su camino hacia la primera fila, inició el evento de entrega del Premio León de Greiff al mérito literario. En el evento, donde se encontraban algunos de los jueces del Concurso, el vicerrector de la Universidad Eafit, algunos amigos y el equipo principal de la Fiesta del Libro y la Cultura, además de la Secretaria de Cultura ciudadana y quienes tuvieron el privilegio agregado de observar la entrega del premio al poeta venezolano Juan Calzadilla con sus propios ojos.

Entre las palabras de la presentadora del evento y el escenario vestido como una alusión a la antigua biblioteca de León de Greiff, el primer premio al mérito literario entregado en la Fiesta del Libro se hizo, como bien diría Julio Acosta, con el sentido de que esta entrega sea un faro en la oscuridad para que más personas se acerquen a la obra de poetas y novelistas cercanos a nuestro país. Además, en el prólogo de Precipicio sin bordes –obra merecedora del premio- Juan Manuel Roca añade un inicio cargado de elogio –en su justa medida- a un hombre que ha sabido ser “pastor de dudas”, y que esas preguntas que no ha tenido como certezas, para que no se convierta “en tótem el tabú” lo han hecho ser dueño del carácter libertario que nombra Roca y que se ve desde la portada de su obra con el poema “Puñal”. Después de las intervenciones, y con el acento venezolano entremezclado con las historias, Juan Calzadilla se dedicó a, primero, sorprenderse de nuevo por el premio que le otorgaban. Relató -entre otras cosas- su historia de incredulidad ante su victoria en un concurso con tantos otros poetas que, según él, pudieron haber ocupado la silla del escritorio donde él estaba.

Poco a poco, y desde el inicio, el autor venezolano fue desmenuzando los pensamientos que atravesaban su cabeza; desde el día en que Jaime Jaramillo Escobar parecía reconocerlo como un participante del movimiento poético colombiano, hasta la poca importancia que tenía el dinero que otorgaba el premio en comparación a la difusión que obtendría su obra. Según él, y citando a un poeta francés, “para que un poeta llegue a ser tomado en serio como un poeta verdadero, debe reunir doscientos lectores”, que él ya tiene, pero que quiere superar.

Las historias de Calzadilla, entre sus recuerdos de fechas precisas y sus constantes retratos sobre la muerte de otros como él, fueron  tornándose a una ventana de su propia vida. En un momento, el autor decidió confesar que él no es un poeta colombiano, pero sí es un autor binacional, bifronterizo –como él lo nombró-. El premio León de Greiff, además, abriría esa frontera cultural “para que pase lo que pasaba en los años sesenta”, donde el tránsito de autores era asiduo entre los dos países, y tal era su reconocimiento que se desdibujaba el lugar de donde venían.

No sin abordar un llamado al reconocimiento de los autores venezolanos que para el poeta han sido quizás relegados al olvido, abordar un texto escrito a María Mercedes Carranza y leerlo, la noche parecía terminar –al menos en ese espacio- cuando el autor sentenció que “quien quiere que el mundo siga siendo como es, no quiere que siga siendo” y un aplauso interruptor -pero buen amigo- rompió con el silencio del principio.

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