El Puente

Por admin en Septiembre 3, 2017 , 1 comentario

Por: Stela Barbieri y Fernando Vilela

El Puente es un bello cuento ilustrado de Stela Barbieri y Fernando Vilela. Un cuento que hace parte del libro Cómo cambiar el mundo. Stela y Fernando desean compartir con los visitantes de Fiesta esta historia y sus ilustraciones. Te invitamos a leerla.

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En un poblado distante, en lo alto de una montaña, vivía una comunidad de agricultores que plantaban y vendían maíz. Para vender el maíz necesitaban bajar de la montaña, atravesar en canoa un río que estaba cercano al poblado y llevar la carga de espigas en los hombros hasta llegar al mercado, que quedaba en una ciudad en la montaña del otro lado. El gran sueño de las personas que allí vivían era construir un puente para llegar a la ciudad.

Guadalupe y Diego nacieron en aquel lugar y en su primer encuentro, aún muy pequeños, se vieron detenidamente en silencio, sonrieron como si ya se conocieran y salieron jugando, cambiando de juego en cada momento. Nunca más se despegaron. De los juegos al trabajo, de las risas a los abrazos, aquel encuentro se fue transformando cada día: en amistad, enamoramiento, hasta que se casaron. Recibieron de los padres de Guadalupe un pedazo de tierra. Con la ayuda de los hombres y de las mujeres de la comunidad, hicieron una casa y después prepararon la tierra para plantar el maíz.

El poblado parecía estar bien cerquita del cielo, pues quedaba en lo alto de una inmensa montaña. Todas las tardes, la joven pareja iba hasta un campo abierto que había en la parte más alta del poblado y pasaban horas viendo la puesta del sol.

Día tras otro, la pareja cuidaba de la plantación de maíz: las plantas crecían, nacían espigas lindas y grandes que después eran cosechadas. Todo lo que Diego plantaba nacía fuerte y vigoroso. Diego tenía manos hábiles, con ellas hacía muebles de madera, preparaba cuerdas, todo lo que decidiera hacer.

Aquel año la cosecha fue muy buena y, como las canoas para atravesar el rio eran pequeñas, el movimiento de ida y venida del poblado al mercado, en la ciudad, era intenso, y las personas continuaban alimentando el deseo de construir un puente que facilitara sus vidas.

Sucedió que cierto día se armó una tempestad y una lluvia gruesa cayó encima de esa gente. El río se volvió caudaloso y difícil de atravesar, la corriente estaba fuerte y empujaba las embarcaciones. Las lluvias no paraban y quedó imposible llegar al otro lado del río.

De a poco la comida que compraban en la ciudad, para completar la alimentación, se fue acabando. Como en aquella comunidad las personas eran muy solidarias, intercambiaban una taza de harina por un poco de azúcar, aguacates por frijoles y así fueron pasando los días hasta que solo tenían maíz y legumbres para comer.

Los hombres del poblado iban con frecuencia a los márgenes del río para ver como estaba la corriente y volvían desanimados, pues, además de que el río estaba empujando mucho, traía en sus aguas pedazos de ramas grandes, que bajaba la corriente con velocidad.

Sin embargo, pasados algunos días, las lluvias fueron cesando y los hombres y mujeres volvieron a atravesar el río con dificultad. Diego y Guadalupe, así como los otros, llenaron las canoas de espigas de maíz y remaron con fuerza, equilibrándose para intentar llegar al otro lado. Cuando ya estaban cerca, fueron sorprendidos por un tronco de madera, que golpeó con toda la fuerza la embarcación, tirando a Guadalupe en el agua. Ella no sabía nadar, e inclusive si supiera no habría conseguido vencer la corriente que la arrastraba con violencia y velocidad. Diego gritó el nombre de la mujer con desespero mientras remaba veloz:
–¡Guadalupe! ¡Guadalupe!

Él llegó al otro lado en un instante y salió corriendo por la orilla, río abajo, acompañado por los ojos de Guadalupe, que rodaba en medio de las aguas, hasta que quedó presa entre dos rocas y Diego logró sacarla. Estaba inconsciente y llena de heridas. Diego corrió con ella en los brazos hasta la ciudad para conseguir socorro. En la ciudad, Guadalupe fue atendida por un médico, que tomó todas las medidas para salvarla.

Durante algunos días Diego y Guadalupe durmieron en la ciudad, dejando a sus amigos y familiares del poblado muy preocupados.

Guadalupe se demoró en recuperarse, pues se rompió una pierna y estaba llena de heridas.
Cuando volvieron a casa, Guadalupe se quedó varias semanas en cama y fue cuidada por su madre y otras mujeres.

Diego, como de costumbre, todos los días al final de la tarde iba a ver la puesta de sol en el campo abierto y se quedaba viendo el río abajo y la ciudad del otro lado. Triste, pensaba que muchos podrían morir si volviera a llover, pues el río era cada día más peligroso. Después de mucho reflexionar, Diego tomó una decisión: aquel era el momento para construir el puente que su pueblo soñaba hace tantos años.

Fue corriendo a buscar a los hombres y mujeres en el poblado, y reunidos alrededor de la cama de Guadalupe, discutieron sobre cómo construir ese puente a la ciudad:

–Vamos a hacer un puente de piedra, el lecho del río está lleno de piedras –dijo un hombre que trabajaba con piedras haciendo floreros.
–¿Qué tal si lo hacemos de madera? En el bosque de aquí atrás hay muchos arboles que son inmensos y podríamos hacer un puente alto, para que no quede sumergido cuando llueva fuerte y el agua del río aumente –dijo alguien más.

Hicieron bosquejos de cómo debería ser estructurado el puente. En ciertos momentos, el cuarto de Guadalupe, lleno de gente, parecía más una fiesta, con las personas entusiasmadas, hablando todas al mismo tiempo.

–¿Qué tal si hacemos un puente de piedra y madera? –dijo Guadalupe, silenciando a todos. Ella estuvo callada hasta ese momento y cuando habló, en voz débil y baja, fue escuchada, y su propuesta conmemorada.
–Eso mismo, Guadalupe, de piedra y madera. Ese puente va a ser inaugurado por ti, que vas a ser la primera en atravesarlo –dijo Diego.
–¡Eso mismo! Gritaron todos. -¡Viva Guadalupe!
–¡Viva!

A la mañana siguiente, bien temprano, algunos hombres fueron al bosque a cortar madera, y otros escogieron cortar las piedras. Así comenzaron a hacer el puente, y trabajaban pesado siempre que podían, pues tenían que cuidar las plantaciones. Era época de lluvias, y de vez en cuando interrumpieron la construcción para esperar la sequía.

Después de algunos meses, el puente quedó listo. Guadalupe ya estaba bien y fue la primera en pasar por él para inaugurarlo, como ya estaba arreglado desde el comienzo.

Hubo una gran fiesta y hasta las personas de la ciudad vinieron para ver el puente y celebrarlo. Todos los días, los hombres y las mujeres de la comunidad, descendían la montaña y con sus animales, atravesaban el puente llevando el maíz.

Todo transcurría con harmonía hasta que la nueva estación de las lluvias llegó, y, en una mañana de trabajo, las personas que estaban atravesando el puente fueron sorprendidas por un torrente de agua, que llegó repentinamente por causa de una tempestad que había ocurrido en la cabecera del río.

El torrente fue tan fuerte que se llevó todo el puente. Las personas que estaban encima de él tuvieron tiempo de correr a la orilla, pero los animales y las cargas fueron llevados junto con él.

El desconsuelo fue general, la población estaba nuevamente condenada a atravesar el río en canoa.

Después de que el puente se derrumbó, Guadalupe nunca más fue a la ciudad, pues quedó traumatizada con el accidente que sufrió.

Diego iba a la ciudad solo a vender la colecta, mientras que su joven esposa, en la orilla del río, se quedaba mirando atentamente a su marido luchar con la corriente, pidiendo para que nada malo le pasara.

Un día, cuando Diego volvía a la casa, se golpeó con algo. Y, viendo en contra luz, se dio cuenta que era una inmensa tela de araña que estaba suspendida entre dos árboles.

Se quedó apreciando aquella tela de araña, admirando el trabajo y la estructura tejida. En cuanto estaba ahí distraído viendo la tela, tuvo una gran idea: construir un puente colgante de madera, apoyada en cuerdas tensionadas, que uniera su poblado directamente con la ciudad. De este modo no necesitarían bajar la montaña y se moverían con facilidad de un lado a otro.

Corrió hasta el claro, donde se veía la puesta del sol, para observar si su idea era posible de realizar. Después fue rápidamente a contarle a su grupo, primero a Guadalupe y después a todos los otros. No hubo ni discusión del tema, pues todas las personas creyeron que esa era la solución.

A la mañana siguiente, un sueño más empezó a concretarse, las mujeres dieron inicio a la producción de cuerdas y los hombres fueron a cortar la madera. Se quedaron ahí durante un mes preparando todo.

Entonces llegó el día en que llevarían las enormes cuerdas por el valle de un lado para el otro. Descendieron con las cuerdas atravesando el río, subieron la montaña del otro lado amarrando las cuerdas tensionadas en pilares, y unieron así un lado al otro. Después, con pedazos de cuerdas menores, amarraron decenas de tablas, haciendo así una inmensa estera de madera suspendida.

Trabajaron todas las personas del poblado, con voluntad y alegría, día y noche, muchos días.

Entonces, terminaron la obra, y la alegría de ver el puente listo llenó a aquella gente de vitalidad y gratitud.

Hasta el día de hoy quien visita el poblado cerca del cielo, pasa por el puente inspirado en la tela de araña, que se balancea con el viento y adorna el paisaje que por sí solo ya es majestuoso.

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Cuento extraído del libro ilustrado: Cómo cambiar el mundo, Stela Barbieri y Fernando Vilela. Editora FTD, São Paulo, 2015.

Stela Barbieri
(Araraquara, Brasil. 1965).
Su vida está ligada al arte y la educación. Es una artista plástica que, además de ser curadora y directora de talleres artísticos, escribe libros para niños. En su obra aparecen poco claros los límites entre imagen, escritura e historias, pues para crear no teme mezclar diferentes códigos visuales, verbales y cognitivos. Ha sido curadora educativa de la Bienal de Artes de Sao Pablo y directora de la Ação Educativa del Instituto Tomie Ohtake, estrategias pensadas para generar nuevos contactos creativos y afectivos entre el arte y las personas. Entre sus libros están Cómo cambiar el mundo, Bumba-meu-boi, A menina do fio, Pedro Malasartes em quadrinhos y Quero Colo!

El anhelo de Stela por fusionar diversos intereses, discursos, culturas y lenguajes la llevó a crear al lado de Fernando Vilela el taller público Bináh como lugar de encuentro entre la invención y el arte. Es consejera de la fundación portuguesa Calouste Gulbenkian que promueve el arte, la educación y la ciencia. Entre sus exposiciones están Só No Nós y su proyecto Lugares en el que propone, entre otros, espacios para construir, leer, sembrar y diseñar.

Fernando Vilela
(Sao Pablo, Brasil, 1973).
Reyes, campesinos, serpientes, peces, dragones, japoneses, movimiento, mucho movimiento y muchas más imágenes, tantas como un lector pueda imaginar que hay en los más de sesenta libros que ha ilustrado Fernando Vilela. Pero además de escritor e ilustrador es un artista y por eso se puede escucharlo hablar del gramaje del papel en sus libros, del brillo, de la textura de las hojas, detalles propios de un amante romántico de los libros y del arte.

Sus obras hacen parte de importantes colecciones en el mundo, por ejemplo del MoMa de Nueva York y del Museo de Arte Contemporáneo de Sao Pablo. Trabaja con pintura, fotografía y grabado. Fernando es el autor e ilustrador de libros publicados en ocho países. En 2007 recibió tres premios por su trabajo: Jabutí Lampião y Lancelot (COSAC Naify, 2006) y la mención de New Horizons Premio Internacional Ragazzi Award Bolonia.

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adminEl Puente

1 Comentario

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  • CARMEN PEREIRA - Septiembre 12, 2017 Responder

    Es un cuento muy ilustrado y lleno de color, me encanta su frescura y ligereza en el paisaje que pintan.

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